El toreo, como todo arte, debe surgir de forma espontánea, sincera y natural. La técnica para ejecutarlo es necesaria, pero debe quedar tapada tras el sentimiento y la inspiración del torero, un héroe que nunca ha de desprenderse del carácter imperfecto del ser humano, lo que le dará mayor tinte heroico a cuanto realice ante el toro.

Va a más. Todo el mundo se eterniza en la faena de muleta. Casi todos oyen avisos. Y al público de ahora le importa un pito. El de antes lo consideraba como una falta, como un error, como una ineptitud. Ay, pero los tiempos cambian y ya nada es lo que era.

Es, y desde hace unos años, moda -y ya costumbre, creo-, que la gente que acude a una plaza a presenciar un festejo taurino acomode a su gusto, y sobre todo a su comodidad, preceptos hasta ahora tenidos si no como sagrados e inamovibles sí como dogma y ley.

Ya hemos tenido las elecciones generales, europeas, autonómicas y locales y ya está el voto repartido pendiente de los pactos porque la fragmentación así lo requiere. Y habrá que escribir de la importancia y de la influencia de los toros en esas urnas. Los toros de las urnas.

Es evidente que todo ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Desde luego, en el último medio siglo. Los avances tecnológicos hacen irreconocible el mundo para quien pudiera venir del pasado y a estas novedades no es ajeno el mundo del toro. Al que, por cierto, le afectan algunas de estas innovaciones. Y de manera negativa. Lo primero que se nota, si se repasa la prensa de esos cincuenta años atrás, por no ir más lejos en el tiempo, es que se ha perdido mucha afición.

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