Faltan apenas horas para que se cierre este capítulo de nuestra vida. El año 2022 está prácticamente acabado y con él una temporada taurina que ha significado el retorno de una normalidad destruida por el coronavirus y servido para demostrar que la gente sigue yendo a un espectáculo maltratado por muchos.
En octubre de 2016, una Sentencia del Tribunal Constitucional decretó que la competencia de la Generalidad de Cataluña en materia de espectáculos no podía incluir la abolición de los toros, en tanto éstos son, por Ley, patrimonio cultural inmaterial. El dictamen declaraba inconstitucional y nulo el artículo 1 de la Ley 28/2010 catalana que prohibía la celebración de festejos taurinos. Han pasado más de seis años y todavía nadie se ha atrevido a organizar una corrida en territorio catalán.
Es otra de las constantes del toreo y su ya muy larga historia. No son pocos los toreros que, una vez retirados, han escuchado esa llamada del ruedo, de la gloria o del mismo toro, pidiéndoles que vuelvan a torear, que su carrera no ha terminado, que tienen cosas todavía por decir y por hacer.
Argumentos y opiniones para defender el toreo. En el buen tiempo de Navidad y siempre. Debemos hacerlo todos y cada vez más. Sin descanso ni complejos, con conocimiento y entusiasmo.
Ante los ataques que actualmente está sufriendo la tauromaquia, el sector taurino persiste en un inmovilismo desesperante, un pasotismo que parece reflejo del mundo en el que vivimos. Ya lo dijo Ortega y Gasset: “Quien quiera saber el estado de la sociedad sólo tiene que asomarse a una plaza de toros”.






