Sólo por una letra, la ene, y queda, en lugar de Morante, Mor-ARTE. Hemos pasado de ”Negando a Morante” (el presidente) a queriendo a Morante. Sí casi todo el público de la Beneficencia, como si sintiera que le faltó algo por darle en la de la Prensa. Y hemos visto cosas inéditas, lejos del capote y la muleta:
Hoy no ha sido una tarde más. Ha sido una página dorada en el libro del toreo. Lo vivido en la Corrida de la Beneficencia en Las Ventas ha trascendido el hecho artístico para convertirse en un acontecimiento cultural, social y, por qué no decirlo, casi espiritual. Morante de la Puebla ha saldado su cuenta pendiente con Madrid. Y lo ha hecho a lo grande, como mandan los cánones de los elegidos, saliendo por la Puerta Grande en una de esas tardes que no se olvidan ni se repiten fácilmente.
¿Cuántos negaron a Morante cuando la presidencia no le dio la oreja en las Ventas el 28 de mayo, Corrida bautizada como de la Prensa? Pocos, muy pocos, pero el que más el señor que presidía el festejo. Con nombre y apellido religiosísimos. Ignacio, por el grande de Loyola, y San Juan para elegir entre el Bautista y el Discípulo Amado. Pues ninguno de los dos puso sentido común en el del pañuelo blanco.
La actuación del torero de La Puebla el otro día en Madrid causó impresión. Fue un auténtico acontecimiento. Un suceso. Si no fuese por lo que hay detrás de trabajo, esfuerzo, sacrificio, preparación... se diría que un milagro. De lo que no hay duda es de su consideración como extraordinaria obra de arte.
La comparecencia de Marco Pérez como único espada y nada menos que en San Isidro tenía su miga. Y sus méritos para el joven espada de Salamanca:
Lo normal en SAN ISIDRO es que vayan muchos famosos a chupar cámara. Pero no es tan normal que asistan muchos toreros. Antes había una costumbre, que nunca entendí, de desaparecer del mundo taurino y, por supuesto de las plazas, tras la retirada y yo lo achacaba a falta de afición.






