Cinco segundos bastaron para detener el tiempo y elevar el toreo a una dimensión casi irreal. La tarde del Domingo de Resurrección en la Maestranza de Sevilla, José Antonio Morante de la Puebla firmó una de esas obras que escapan a cualquier medición estadística, una faena construida desde el asombro, la quietud y la emoción más pura, que desató la controversia pero que quedó grabada, indeleble, en la memoria de quienes tuvieron la dicha de vivirla.

No han sido, ni las Fallas, pese a sus cifras, ni La Magdalena, mucho más pobre, ferias en las que la gente haya respondido como debiera. Y eso tendría que preocupar.

Tauromaquia y religión comparten un mismo pulso ritual, una liturgia que da sentido a lo trascendente. La Semana Santa es solemnidad, respeto por la tradición y capacidad de emocionar colectivamente, como el toreo, y el Domingo de Resurrección, cuando el cristianismo celebra la victoria sobre la muerte, la plaza de la Maestranza sevillana recupera el pulso festivo para regresar a la luz y a la alegría.

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