Hace unos días finalizó uno de los mas grandes espectáculos del mundo, el Tour de Francia, la más dura competición deportiva que se pueda contemplar sin llegar a los llamados deportes extremos, y en la que ha vuelto a estar en lo más alto del podium un ciclista que ya entra en la leyenda al ganar esta prueba por cuarta vez. Y con muchas probabilidades de que aumente su palmarés.
Tema peliagudo porque hay más jurados taurinos que moscas en el verano. Nadie ha hecho una estadística de cuantos son pero los hay en cantidad. Y lo mejor, si son para bien, es que cada año hay más peñas o entidades que los crean.
Por muy festiva que sea una feria, por muy generosa que sea una plaza, por muy predispuesto que esté el público a divertirse, el toro siempre sale sin dar tregua y cada festejo taurino encierra la verdad de una ceremonia de vida y muerte.
El taurinismo-in, el de puertas para adentro, es oscurísimo. Nada se sabe, nadie dice nada. Se concreta en rumorología pura. Nadie habla de lo que gana, ni de su estrategia, ni por qué torea con éste y no con el otro. En cambio, en el fútbol nos enteramos de cuánto se embolsa diariamente un futbolista famoso con contrato impresionante y cómo se lleva, o no se lleva, con el entrenador o los compañeros. Todo. En el toreo, nada. Y además hay muy pocos programas para poder contarlo mientras que en los deportes son miles.
Tendríamos ahora que estar viviendo sus últimos festejos o contando ya, según se hubiese planteado, cómo fue la feria de Julio de Valencia... pero la noticia, triste y muy negativa, es que este año, la feria más antigua, prestigiosa y modelo de todas cuantas llegaron detrás, no se ha celebrado.
Todos los de Pamplona. Más de 60 años. Sin fallar ni uno. Ni uno. Presencialmente o en la televisión. Es mi caso. Seré una de las personas récord de espectador de encierros pamplonicas.






