Los resultados de la última jornada electoral, en su ámbito municipal, autonómico y europeo, han dejado sensaciones contrapuestas para los aficionados, que no acaban de ver claro que nadie, pasado el turno de promesas y te quieros para siempre, se acuerde ya del espectáculo taurino.
Empieza a ser habitual regalar orejas en Sevilla y Madrid y no digamos ya en otras plazas. No en otras, sino en todas las demás de la geografía española.
El toreo, como todo arte, debe surgir de forma espontánea, sincera y natural. La técnica para ejecutarlo es necesaria, pero debe quedar tapada tras el sentimiento y la inspiración del torero, un héroe que nunca ha de desprenderse del carácter imperfecto del ser humano, lo que le dará mayor tinte heroico a cuanto realice ante el toro.
Va a más. Todo el mundo se eterniza en la faena de muleta. Casi todos oyen avisos. Y al público de ahora le importa un pito. El de antes lo consideraba como una falta, como un error, como una ineptitud. Ay, pero los tiempos cambian y ya nada es lo que era.
Es, y desde hace unos años, moda -y ya costumbre, creo-, que la gente que acude a una plaza a presenciar un festejo taurino acomode a su gusto, y sobre todo a su comodidad, preceptos hasta ahora tenidos si no como sagrados e inamovibles sí como dogma y ley.
Ya hemos tenido las elecciones generales, europeas, autonómicas y locales y ya está el voto repartido pendiente de los pactos porque la fragmentación así lo requiere. Y habrá que escribir de la importancia y de la influencia de los toros en esas urnas. Los toros de las urnas.





