Cinco segundos bastaron para detener el tiempo y elevar el toreo a una dimensión casi irreal. La tarde del Domingo de Resurrección en la Maestranza de Sevilla, José Antonio Morante de la Puebla firmó una de esas obras que escapan a cualquier medición estadística, una faena construida desde el asombro, la quietud y la emoción más pura, que desató la controversia pero que quedó grabada, indeleble, en la memoria de quienes tuvieron la dicha de vivirla.
No han sido, ni las Fallas, pese a sus cifras, ni La Magdalena, mucho más pobre, ferias en las que la gente haya respondido como debiera. Y eso tendría que preocupar.
Evidentemente el clamor popular que está levantando Morante es para tenerlo en cuenta. Se vio claramente, por si faltaba alguna prueba, el Domingo de Resurrección en Sevilla. La masa se agolpaba ante el hotel y casi no dejaban salir al diestro. Y parecía que nunca había habido toros antes en la Maestranza.
Tauromaquia y religión comparten un mismo pulso ritual, una liturgia que da sentido a lo trascendente. La Semana Santa es solemnidad, respeto por la tradición y capacidad de emocionar colectivamente, como el toreo, y el Domingo de Resurrección, cuando el cristianismo celebra la victoria sobre la muerte, la plaza de la Maestranza sevillana recupera el pulso festivo para regresar a la luz y a la alegría.
Se siente y no se para de hablar de la muerte en los corrales de la MALAGUETA de mi tocayo RICARDO ORTIZ, hijo del gran MANOLO, matador de toros, como después fue RICARDO, y excelente banderillero.
Hay tardes que no pertenecen al tiempo, sino a la memoria.






