Es lo que hay, pero no es lógico ni posiblemente correcto. Que un novillero novel, de buenas a primeras, se la tenga que jugar en una plaza de categoría, es lo mismo que si a un piloto de karts le dan directamente un Fórmula 1 para competir en Mónaco. Si detrás no hay un mínimo tiempo de aprendizaje y un fuerte apoyo económico para prepararse exhaustivamente, las posibilidades de que todo salga bien son las mismas que toque el gordo de la lotería.

“¿Lo quieres? ¡Lo tienes!” Así rezaba la publicidad de unos famosos grandes almacenes. El slogan no puede ir en mayor consonancia con la sociedad actual, ávida de inmediatez. Todo se desea para ya. Todo se quiere ahora. Todo está al alcance de un solo click. No se puede esperar. No hay paciencia. La cultura del esfuerzo desaparece. Ganarse las cosas con el paso del tiempo es pura quimera.
Aseguraba Ortega y Gasset que para conocer el estado de la sociedad española sólo había que asomarse a una plaza de toros. Debía tener razón el filósofo madrileño, porque el sector taurino muestra unas prisas nunca antes vistas e impropias de una actividad que siempre ha requerido trabajo, maceración y asimilación.
Como en todas las actividades, existen los niños prodigio, y también quienes gozan de capacidades superiores que aceleran el ritmo lógico de aprendizaje. Pero lo habitual es que los toreros evolucionen poco a poco, a medida que adquieren conocimientos y técnica, y que, a mayor bagaje, incrementen su seguridad.
Sin embargo, en el presente se exige un nivel “top” casi desde el principio. Antes los novilleros se iban forjando en capeas y pueblos para ir subiendo peldaños y acabar presentándose en las capitales de provincia cuando ya estaban preparados y su nombre sonaba entre los aficionados. Hoy cualquier alumno de una escuela torea como una figura y prácticamente se le exige como tal. Además el camino se hace a la inversa. Es decir, se intenta meter cabeza en las plazas importantes para que se les reconozca y que se les contrate en cosos de pueblos.
Y hay que tener mucho oficio y estar muy preparado física y mentalmente para triunfar en recintos relevantes a golpe cantado, salga lo que salga por chiqueros. Se te va un pie un día y conseguir que te vuelvan a anunciar se convierte en misión casi imposible. Hay tantos en la lista de espera… Hay tantos compromisos…
En la novillada que abría la feria de Fallas toreó Alberto Donaire, un chaval nuevo. Tan nuevo como que era su primer festejo después de haber debutado con picadores el año pasado. Y de golpe Valencia. Plaza de primera. Novillo de primera. Exigencia de primera. Por si fuera poco, sorteó un lote que sacó complicaciones muy difíciles de solventar por alguien con su bisoñez. Su actitud, disposición y entrega fueron incuestionables, pero acabó pasando lo predecible. No hubo triunfo para él.
Aún así dejó detalles que evidenciaron su buen concepto y gusto, y ganó en asentamiento, firmeza y seguridad a medida que transcurría la tarde, lo que demuestra que, si le dieran una mínima continuidad, podría sacar el fondo que atesora. Pero para eso hace falta tiempo, paciencia, trabajo, maceración y asimilación.
¿Tendrá el sector taurino la sensibilidad necesaria para darle a Donaire y a otros novilleros en su misma situación una nueva oportunidad pronto? Hace años seguro que sí. En cambio, si las plazas de toros son el mejor termómetro de la voluntad social de cada época, le respuesta no parece tan halagüeña. Porque lo que indica es que los tiempos están cambiando sin remisión, aunque no sea lo mejor para quienes maduran su toreo más lentamente. Desde luego, no sería ni lo más lógico ni lo más oportuno.









