Cuando los reconocimientos pierden sentido. Artículo de Carlos Bueno

Es importante ser justos en la concesión de premios, máxime cuando se trata de novilleros, jóvenes ilusionados en una carrera tan apasionante como dura. Anteponer un nombre sonoro a otro de menor fama aún cuando éste haya realizado méritos sobrados para ser declarado triunfador, además de ser injusto, resta categoría, rigor e imparcialidad a los propios premios. Porque un galardón debería dignificar antes a quien lo concede que a quien lo recibe.

 

 

 

 

En el toreo, los premios taurinos son, a menudo, un motivo de conversación, discusión y hasta de polémica. Sin embargo, conviene recordar una premisa fundamental, que los premios no son definitivos ni definen a nadie. Ningún torero será jamás considerado mejor que otro por acumular más galardones; porque el arte del toreo no se mide en cantidades ni en fríos datos estadísticos, sino en la intensidad de una faena, en la emoción que despierta y en la huella que deja en la memoria de quienes la contemplan. El toreo es un arte subjetivo y pasional; su grandeza se escapa de cualquier baremo numérico.

 

Pero que los premios no definan carreras no significa que su concesión carezca de importancia. Ser injusto dejando sin reconocimiento a quien lo merece, especialmente cuando se trata de novilleros, es una irresponsabilidad que puede tener consecuencias profundas. Con los más jóvenes, con quienes apenas comienzan a levantar su porvenir en un camino tan duro como apasionante, una decisión arbitraria puede alterar ilusiones, mermar la moral e incluso condicionar su futuro profesional. Porque muchos de ellos se juegan literalmente la vida y la carrera en cada tarde, y cuando sus méritos se ven refrendados sobre la arena, lo mínimo exigible es que quienes juzgan tengan la honestidad de reconocerlo.

 

Sin embargo, no siempre es así. En demasiados certámenes y ferias, los jurados parecen optar por premiar nombres ilustres antes que faenas verdaderamente destacadas. Se diría que algunos creen que conceder un trofeo a una figura otorga mayor prestigio al propio premio, o quizá piensan que la foto con un torero famoso les dará más empaque. Y en esa vanidad, en esa búsqueda de brillo ajeno, terminan relegando al olvido a otros que, aun siendo menos conocidos, han realizado méritos sobrados para ser declarados triunfadores.

 

Esa actitud, además de injusta, resta categoría, rigor e imparcialidad a los propios premios. Porque un galardón debería dignificar antes a quien lo concede que a quien lo recibe, y cuando el fallo demuestra favoritismos, intereses o simple desatención, lo que se desnuda es la falta de afición y de criterio de quienes deciden.

 

Es importante subrayar que esta no es una crítica dirigida a los premiados. Ellos no tienen culpa alguna; se limitan a recoger un reconocimiento que les otorgan. La responsabilidad recae en los miembros de esos jurados que, con decisiones parciales o complacientes, demuestran ser malos aficionados y convierten un acto de justicia en un ejercicio de superficialidad.

 

La tauromaquia, que es verdad, emoción y entrega, merece jurados a su altura: imparciales, exigentes y valientes. Solo así los premios conservarán su sentido, y solo así podrán seguir representando, aunque sea de forma simbólica, la grandeza de una tarde de toreo bueno.

Nació en Algemesí (Valencia) en 1968.

Director y presentador de programa taurino “El Corro” de Berca TV, Televisión de Algemesí, desde 1996.

Director y presentador del programa taurino “Patio de Cuadrillas” desde su creación en 2002, pasando por LP Radio, Punto Radio, Gestiona Radio e Intereconomía Radio.

Articulista de la revista “Avance Taurino” desde 1998.

Redactor del semanario taurino “Aplausos” desde junio de 2004 hasta agosto de 2005 y director del periódico “La Veu d’Algemesí”.

Ha escrito los libros «Luis Francisco Esplá, toreador», «Plaza de toros de Algemesí» y «Sueños de gloria».