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Es lo que hay, pero no es lógico ni posiblemente correcto. Que un novillero novel, de buenas a primeras, se la tenga que jugar en una plaza de categoría, es lo mismo que si a un piloto de karts le dan directamente un Fórmula 1 para competir en Mónaco. Si detrás no hay un mínimo tiempo de aprendizaje y un fuerte apoyo económico para prepararse exhaustivamente, las posibilidades de que todo salga bien son las mismas que toque el gordo de la lotería.

Cuando las cosas vienen bien dadas es muy fácil dárselas de impecable, atento, solícito y etcétera. Y parecerlo. Lo difícil, y más raro, es serlo cuando surgen problemas o aparecen dificultades que exigen sacrificios o esfuerzos que puede que no tengan reciprocidad. Ahí es donde está el mérito.

Ya dejó de hablar Juan Ortega. Tanto bla, bla, bla para ná de ná. Y los basureros. Tantos minutos de programas de los basureros televisivos para no informar y sólo hacer como las porteras chismosas de antaño, que éstas al menos conocían a los vecinos y sabían de lo que hablaban.

Los gustos están cambiando. O ya han cambiado. O falta cultura taurina que ponga en valor lo que tiene valor. Ahora, lidiar un toro sobre las piernas parece algo de la prehistoria. Priman los chispazos a la profundidad en faenas que se pierden en la cantidad. Nos hemos acostumbrado a que suenen avisos a mansalva cada tarde, y a que suene la música a las primeras de cambio. Sí, las cosas están cambiando sin remisión.

Bípedos, según el diccionario; clase que distingue a las especies en razón de su modo de desplazamiento, siendo la humana la más significativa y evolucionada, aunque, luego, a la vista de muchos comportamientos, no está la cosa tan clara.

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