Hay imágenes que no necesitan más que una mirada para revelarlo todo. No hablan, pero cuentan. No se mueven, pero conmueven. Y cuando el retrato que se nos ofrece es el de los hermanos Gómez Ortega, no estamos ante una simple fotografía, estamos ante un umbral que nos conduce a una de las etapas más fecundas, apasionantes y determinantes de la historia de la tauromaquia.






