De la cogida dramática a la salida por la puerta grande. De haberse podido quedar postrado en una silla de ruedas a ser izado a hombros. En pocos minutos, la situación de Morante cambió por completo. Pero también en un instante, lo que duró desprenderse de su coleta, el dios torero pasó a ser terrenal. El mito no necesitaba más para engrandecer su leyenda, y el hombre necesitaba parar.






