Los tenistas no se besan ni abrazan antes de salir a la cancha. No se miran a la cara. Cada partido parece una película de Rocky Balboa, y una vez finalizado todos amigos. Veo a Rafa Nadal y siento envidia de la emoción y transmisión que despiden sus encuentros. Porque eso es precisamente lo que necesita la tauromaquia, emoción y transmisión. Quizá sobren besos en los patios de cuadrillas y falte más rivalidad (en general, por supuesto).






