No hay nada más desesperante que una tarde aburrida de toros. Los más aficionados suelen encontrar consuelo y motivo para la satisfacción en cualquier detalle de calidad que ofrezca el festejo, pero cuando no se produce una mínima emoción, aquellos que no son demasiado fanáticos del toreo salen de la plaza tan desencantados que cuesta que vuelvan sacarse una entrada. La circunstancia es más preocupante cuando se trata de funciones de escuelas taurinas llevadas a cabo en cosos de categoría, en las que parece que todos los alumnos tienen derecho a participar.






