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Nació en la plaza de toros de Valencia porque allí vivían sus padres. Desde entonces su vida estuvo ligada a la capital levantina y a la tauromaquia. Ingresó en la Escuela Taurina y debutó con picadores en un tiempo en el que levantó grandes expectativas e ilusiones. Con la alternativa su carrera se paró y decidió cambiar el oro por la plata, escalafón en el que fue figura. Es Alberto Martínez, que tras ocho años apartado de los ruedos volvió el pasado 25 de agosto para decir su adiós definitivo en Iniesta.

Animales únicos, excepcionales, preciosos, tremendos, magníficos, majestuosos... pero con un peligro real y cierto. Nada de lo que se hace con ellos es gratis ni fácil, aunque muchas veces lo parezca, y sí imposible para el común de los mortales.

Pese a que en España es denominada la “Fiesta Nacional”, la tauromaquia es una actividad internacional que también se celebra en muchos países americanos, en Portugal y en Francia, donde se la protege y la potencia de forma ejemplar. La afición gala puede resultar menos espontánea que la española, pero, sin duda, se trata de gente cultivada en la materia que exige y premia a partes iguales. Además, en los últimos tiempos están apostando por sus toreros y sus ganaderías de forma ferviente.

Pese a lo de Bilbao, ni una palabra en la página de ONE TV (buena comunicación y transparencia) salvo las corridas de segunda de septiembre en MADRID),  este verano será recordado como el de las sustituciones, con percances a tres de los cuatro de arriba y cornadas gordas a otros cuantos, que no dejan completo un cartel y que hay que echar mano de los que van detrás. Hasta MORANTE sigue cayéndose de algunos.

El 15 de agosto, fecha en la que los católicos celebran la Asunción de la Virgen María, fiesta en toda España y buena parte del mundo occidental, es también, junto al 8 de septiembre, uno de los días marcados en rojo y con mayúsculas en el mundo de los toros.

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