
Enrique Amat
El sorismo surge en Foios, en plena huerta valenciana. Alrededor de la figura de Vicente Ruiz El Soro, un espada nacido en esta localidad. Y a su estela se creó toda una filosofía de la vida. Una forma de ver las cosas, de sentir, de querer y de vivir, que se extendió entre amigos e incondicionales. Un movimiento que más tarde se proyectó por todos los rincones del planeta taurino, y que vistió durante dos décadas la tauromaquia de naranja y oro. Porque el sorismo está en Foios. Está en Valencia. Está España. Y en Francia, en Portugal, en México, en Venezuela, en Colombia, en Ecuador.
El sorismo responde perfectamente a la personalidad de su titular. El sorismo es explosión, el sorismo es pasión. El sorismo es entrega, espíritu de sacrificio, afán de superación, ilusión. El sorismo es venirse arriba ante la adversidad. El sorismo es supervivencia. El sorismo es pueblo, es cercanía, es amabilidad, es cariño, es afecto. El sorismo es fe. El sorismo es esperanza. El sorismo es gente. El sorismo es capricho. El sorismo es un sí y un porque sí.
El sorismo es torería. El sorismo es una mascletá.
El sorismo es una traca. Una explosión. El sorismo es pirotecnia. El sorismo son las Fallas. El sorismo es el remolino y el molinillo.
El sorismo es como Vicente. Desbordante, exagerado, abundante, inabarcable, ingobernable, rebosante. Sin medida para lo bueno, y a veces también para lo menos bueno. El sorismo no conoce límites. El sorismo es alegría, es comunicación, es espontaneidad, es anarquía, es por momentos indisciplina. El sorismo es amistad, es bondad, es crispación, es generosidad, es prodigalidad, es carisma, es pasión hasta la médula. Es, en ocasiones, maravillosamente agotador.
El sorismo arrastra a la gente, levanta pasiones. Y el paso del tiempo no es capaz de borrar las consecuencias de este ciclón. Es el anticiclón de las Azores. Es el ciclón Roberto. Tiene más fuerza que aquel volcán Eyjafjallajökull que paralizó Europa. Y, a pesar del transcurso de los años, el sorismo continúa vigente. Ningún otro movimiento, pasado y presente, ha tenido la virtud de crear a su alrededor un fenómeno igual y tan duradero. Quizá solo sea comparable con el currismo en Sevilla.
El sorismo es todo un sentimiento, toda una religión, toda una forma de sentir y de ver la vida. El sorismo es el pueblo, es la admiración, es el cariño, es el afecto. El sorismo es y será siempre un “a pesar de todo”.
El sorismo es uno y trino. El sorismo es un fenómeno por momentos inexplicable e inconcebible. Pero el sorismo, de no haber existido, habría que haberlo inventado.
El sorismo es Vicente. Vicente y sus contradicciones, sus consecuencias y circunstancias. Su grandeza y su hombría ante los reveses de la vida. Como dice un compañero y amigo, a Vicente no hay que tratar de entenderle. Hay que quererle…. O quererle.
El sorismo ha sido, es y será un fenómeno de sociológico, un fenómeno taurino y de masas. El sorismo, parafraseando a Rafael Molina Lagartijo, durará “pa sécula sin fin”.
Decía Rafael El Gallo aquello de: “los toreros vivimos de las propinas de Dios”. Pues gracias a Dios, Vicente siempre goza de una nueva propina. Y nosotros, pues la disfrutamos. Porque sigue el personaje. Porque siempre, por fortuna, lo acaba por levantar el puntillero. Qué siempre sea la penúltima, como decía el poeta Gerardo Diego.









