Pablo Aguado dio una vuelta al ruedo y Talavante fue silenciado.
Sevilla, 17 de abril.
Real Maestranza de Caballería.
Sexta de la feria de Abril.
Lleno de ‘No Hay localidades’.
Toros de Domingo Hernández, deslucidos.
Alejandro Talavante, de lila y oro, silencio y silencio.
Roca Rey, de grana y oro, silencio y oreja.
Pablo Aguado, de crema y oro, silencio y vuelta al ruedo.
Emilio Trigo (Burladero Tv)
Foto: Burladero Tv.
La corrida de Domingo Hernández se caracterizó por una notable desigualdad en la presentación y en el juego de sus seis toros, que, en conjunto, ofrecieron un rendimiento limitado, condicionado por la falta de fuerzas, la irregularidad en la embestida y la escasa continuidad, lo que redujo de forma importante las opciones de lucimiento.
El primero y el cuarto fueron los que menos posibilidades brindaron. El inicial, de embestida humillada pero sin continuidad ni celo, pronto quedó a merced de su querencia y de su falta de entrega, dejando a Alejandro Talavante sin materia prima para construir su labor. El cuarto, más serio de presencia, resultó sin embargo frágil y descoordinado, aunque dentro de sus limitaciones fue el que mejor humilló. Talavante intentó pulsearlo y sostenerlo, pero su falta de clase y de fuerza impidió que la faena tomara vuelo, quedando todo en un esfuerzo sin redondez.
Segundo y quinto marcaron el contraste entre la irregularidad y la autoridad. El segundo, de mejor apariencia pero comportamiento incierto, nunca terminó de fijarse, saliéndose suelto y buscando los terrenos de tablas. Ni en su lidia ni en la muleta ofreció continuidad suficiente para la ligazón, pese a algunos detalles sueltos en los tercios iniciales.
El quinto, aunque protestado de salida y escaso de expresión, permitió a Andrés Roca Rey mostrar su capacidad de mando. Entendiendo rápidamente que el pitón derecho era el único aprovechable, construyó sobre él los pasajes más firmes y rotundos de la tarde, imponiéndose a un animal de escasa clase y rompiendo la tónica general del festejo, lo que le permitió obtener el premio.
El tercero fue el que ofreció mejores sensaciones iniciales, con un comportamiento más vivo en los primeros tercios y cierta entrega en el capote, aunque sin llegar a romper. Pablo Aguado lo llevó con suavidad y temple, destacando algunos pasajes de buen gusto, pero el toro fue perdiendo fondo hasta apagarse en la muleta, terminando por rajarse hacia los terrenos de chiqueros cuando la faena ya iba a menos. Y el sexto, de salida incierta y comportamiento descompuesto, resultó uno de los más complejos del encierro. Sin fijeza ni ritmo, mostró tendencia a la huida y una clara actitud defensiva en la muleta. Pablo Aguado, pese a sufrir un duro percance, logró sobreponerse y extraer los momentos de mayor mérito artístico de la tarde, aprovechando los únicos instantes de cierta movilidad del animal. Su capacidad de entrega y exposición fue notable, aunque la espada dejó su labor sin premio.
En conjunto, fue una corrida de pocas opciones, donde la falta de fondo de los toros condicionó de forma decisiva el desarrollo del festejo, quedando los toreros obligados a resolver más por capacidad técnica y actitud que por colaboración del ganado.






