La creencia de los taurinos acerca de que la tauromaquia es eterna y nadie acabará con ella no tiene ningún sustento en un mundo fugaz y una sociedad cambiante que muta sus gustos y entretenimientos sin apego a la historia ni a las tradiciones. El sentimiento anti gana adeptos ante la pasividad de los pro, y poco a poco los toros van desapareciendo del mapa mientras las ensoñaciones inundan de falsas esperanzas a los aficionados.






