Que todo se acaba y tiene su fin es algo que no por sabido deja de sorprendernos y amargarnos. La muerte, que todo lo iguala -y que todo lo puede-, sigue dándonos disgustos y motivos de pesar.
Hace unos días era Manolo Cortés quien nos era arrebatado. Ahora es otro torero de los que hicieron época, una gran figura, quien, de manera inesperada, desaparece dejándonos sin una de las grandes referencias del toreo del siglo XX: Sebastián Palomo Martínez, que en los carteles lució orgulloso el nombre de su pueblo, Linares, con el que tanto se identificó que hasta parecía en verdad parte de su propio nombre.
Fue Palomo, además de uno de los más destacados del toreo de su tiempo, uno de los diestros que dejaron constancia de la importancia del valor en la escala de factores precisos para triunfar en una profesión tan difícil y complicada como la de torero y que justificaron la categoría de esta actividad como fórmula de ascenso social. Hijo de un humilde minero y con un horizonte incierto como aprendiz de zapatero, el mundo de los toros no sólo le atrajo como pasión sino que acabó convirtiéndole en una estrella.
Al hablar de Palomo, dando por sabidos sus logros y capacidades, hay que hacerlo de cuatro grandes hitos que marcaron su carrera. Para empezar, no se puede obviar su paso por el siempre recordado y añorado concurso “La Oportunidad”, al que llegó como un maletilla al que apodaban “El Rata” y del que salió lanzado y listo para su debut con picadores, celebrado en Ondara el 3 de enero de 1965, cortando cuatro orejas en un encierro de Núñez Guerra, alternando junto a Gregorio Tébar “El Inclusero” y Vicente Punzón y, un año más tarde, tomar la alternativa -Valladolid, 19 de mayo- de manos de Jaime Ostos, con Mondeño como testigo y toros de Salustiano Galache.
Tres años más tarde, y sin haber debutado todavía en Las Ventas, decide, junto a Manuel Benítez “El Cordobés”, hacer la guerra por su cuenta, sin plegarse a condicionamientos ni imposiciones de las grandes empresas y toreando juntos en sesenta y cinco festejos que montan y organizan ellos mismos, en lo que se llamó “la guerrilla” y que causó un notable revuelo no sólo en el ambiente taurino.
Su tercer gran impacto llegaría el 22 de mayo de 1972. Ese día, y tras una gran faena en la Monumental madrileña, aclamada por la inmensa mayoría de la plaza, es premiado con el rabo del toro “Cigarrón”, de Atanasio Fernández, casi cuarenta años después de que se concediese el último de estos trofeos en Las Ventas. Este éxito acarreó una inmensa polvareda, siendo la primera víctima el presidente de aquella función, al que poco menos que se obligó a dimitir por haber cometido aquel tremendo sacrilegio: ¡un rabo en Las Ventas¡
Pero aún quedaba otra demostración de su casta y su coraje, cuando no se arredró ante la tremenda campaña que se orquestó en su contra -y dicen que promovida por dos de los más importantes cronistas de entonces…- y en la que se llegó a empapelar medio Madrid con carteles que anunciaban, falsamente, la suspensión de su actuación en la feria de San Isidro del año siguiente. Tan virulenta fue que hasta sus propios apoderados, los hermanos Lozano, le aconsejaron que cediese y no actuase, como pedían sus detractores. Pero ahí salió de nuevo la garra y el valor de este hombre y, sin arrugarse ni ceder al acoso, hizo el paseíllo de nuevo en el escenario de uno de sus más grandes éxitos.
Tras varias retiradas y sucesivas reapariciones, el 9 de agosto de 1995, en Benidorm, junto con Manuel Díaz “El Cordobés” y Javier Conde, con toros de Gabriel Rojas, actuaba por última vez vestido de luces. Aquella noche se escribió la última página del historial de uno de los toreros más valientes que ha dado la tauromaquia y cuya biografía se ha cerrado en un hospital madrileño a causa de una complicación cardíaca.









