La reciente feria de San Isidro ha reavivado el debate sobre el nivel de exigencia de Las Ventas. En un momento en el que algunas decisiones presidenciales y determinados triunfos han generado controversia, conviene recordar que la grandeza de Madrid reside precisamente en su rigor, una seña de identidad imprescindible para preservar el valor y la credibilidad de los éxitos que allí se alcanzan.

Cuando la, al parecer interminable, feria de San Isidro ya enfila su recta final, no pocas son las notas que van quedando guardadas; unas en la retina, otras en la memoria y otras, muchas, apuntadas en un papel para dejar luego constancia de lo sucedido en este trascendental y destacado serial madrileño que se convierte a lo largo y ancho de un mes en el eje del mundo taurino.

Dentro del triunfalismo, las muchas puertas grandes, el récord de orejas concedidas, los llenazos lógicos e ilógicos, la juventud en gran número, empieza a preocupar la situación actual de la aceptada como primera del mundo, que muchos no consiguen comprender en su estado actual. Argumentan que se ha disparado y algunos sectores empiezan a inquietarse.

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