La exposición “Zuloaga: carácter y emoción” se puede visitar hasta el próximo mes de agosto en la Fundación Bancaixa de Valencia. En ella se traza un recorrido por la obra de este pintor vasco, desde sus años de formación en París, hasta su paso por Castilla donde retrató la fisonomía tanto de sus habitantes como su paisaje. No faltan sus conocidos retratos heroicos, con efigies de grandes damas, así como sus famosos retratos oficiales de personalidades como Manuel de Falla, Azorín, o Ramón Pérez de Ayala.
Enrique Amat
Ignacio Zuloaga y Zabaleta nació en Eibar en 1870. Inició su formación en el taller de damasquinado de su padre y visitó con regularidad al Museo del Prado para estudiar a los pintores clásicos. A los diecinueve años viajó a Roma y luego a París. En la capital francesa conoció a artistas como Gaugain y a Degas y vivió en la Isla de Sant Louis con Santiago Rusiñol y Miguel Utrillo.
Disconforme con el academicismo tradicional imperante en las escuelas de Roma de su época, Ignacio viajó a Francia e Inglaterra. Ya en España buscó su propio estilo y trazó su particular visión la España de aquel entonces. Trabajó en Sevilla y Segovia y, en esta última ciudad, instaló su estudio en la antigua iglesia románica de San Juan de los Caballeros, desde donde empezó a enviar cuadros a las exposición de París. Ello se debió a que su cuadro “Víspera de la corrida” había sido rechazado en España por los jurados artísticos. Rápidamente alcanzó el éxito en Francia con sus cuadros “Amigos”, “La enana Doña Mercedes” y la serie de retratos “La familia de mi tío Daniel”.
Dentro de la obra de Zuloaga, una parte muy significativa de la misma está dedicada al mundo de los toros. Retratos de toreros que conoció personalmente, como Juan Belmonte, Rafael Albaicín, Antonio Sánchez o Manolete, así como diversas imágenes de picadores, manolas, ganaderos y personajes entrañables, como el célebre “Chepa de Quismondo”.
Su pasión por la fiesta le llevó incluso a hacer su presentación como novillero, con el seudónimo de El Pintor, en la plaza de toros de la Escuela Taurina de Sevilla el 17 de abril de 1897, matando dos novillos. Con todo, afirmaba con modestia que: «Si no hubiera sido un buen pintor, habría sido un mal torero”.
En la muestra también están presentes algunos de los cuadros taurinos legendarios de este extraordinario artista. Entre ellos, el titulado “Corrida de toros en Eibar” (1899), En el fondo del mismo su Eibar natal. Esta obra pertenece a la colección privada del Museo Thyssen.
También la etapa segoviana le inspiró catorce cuadros de tema taurino, en los que se refleja una paleta llena ahora de colores oscuros, con pinceladas contundentes, pastosas, fuertes; composiciones enérgicas, sin atmósfera, resaltando las figuras. Durante este periplo castellano, Ignacio viajó a villas y pueblos en fiestas como las de Sepúlveda, Turégano y Pedraza, que le atraían por las famosas novilladas. De allí surgieron obras como “Preparativos para la corrida”, “Toreros de pueblo”, “El matador Pepillo”, “El Corcito”, “El Segovianito”, “En la corrida”, “La Víctima de la fiesta”, en el cual el picador Francisco El Segoviano cabalga maltrecho al final de un festejo y a lomos de un rocín famélico y herido. Y, sobre todo, “Torerillos en Turégano” (1912). Esta última figura asimismo en la exposición de Bancaixa.









