Valencia, 17 de marzo. Octava de abono.
Cinco toros de Núñez del Cuvillo y un sobrero, quinto, de Victoriano del Río, justos de presencia y fuerza.
El Fandi (de negro y oro), silencio y oreja con aviso.
José María Manzanares (de burdeos y oro), silencio en su lote.
Roca Rey (de grana y oro), oreja y oreja tras aviso.
De las cuadrillas destacaron Rafael Rosa y Luis Blázquez.
Lleno.
Paco Delgado.
La feria enfila ya su recta final y, yendo a lo positivo, varias son las notas que hay que destacar del octavo festejo del abono.
Por orden cronológico, lo primero a reseñar es el llenazo que registró el coso de Monleón. No cabía un alma, no en vano en las taquillas hubo que echar mano del tan ansiado -por las empresas- cartelito que anunciaba a los rezagados que ya no quedaban localidades y que para la próxima vez que quisiesen ir a los toros hay que preocuparse antes por conseguir entrada.
Siguiendo ese esquema, una vez más hay que alabar el entusiasmo y el derroche físico que hace El Fandi cada vez que sale al ruedo y sea cual sea la plaza. En esta ocasión volvió a ser él mismo, luciendo repertorio capotero y entusiasmando con sus exhibiciones atléticas en banderillas. Luego, con su primero, muleteó sin gran quietud y consintiendo demasiados enganchones y trapazos en una faena de larguísimo metraje que no llegó a la concurrencia. Pero con su segundo, tras repetir el guión de los dos primeros tercios, con la muleta estuvo mucho más asentado y con temple en varias fases de su quehacer. Y no por ello dejando de dar fiesta al público desde el minuto uno, tirando de voluntad y entusiasmo en otro trasteo como de arte y ensayo -por su extensión- en el que escuchó un aviso antes de coger el estoque de verdad, paseando luego una oreja al acabar con su oponente de una estocada inapelable.
Pero lo más destacado fue, desde luego, la actuación de Andrés Roca Rey. El torero peruano reaparecía en esta función tras haber sufrido hacía menos de una semana una fortísima contusión en la espalda. No le importó ni en ningún momento dio muestras de resentirse de la misma. Desde que se abrió de capa lo dio todo, mostrando una disposición digna de elogio. Todo lo tuvo que hacer él con su noble pero sin fuerza primero, un toro que llegó al último tercio muy aplomado y con el que expuso una barbaridad, llevándose su primera oreja al tirar sin puntilla al de Núñez del Cuvillo. Se hizo ovacionar al recibir de capa al sexto, llevándole al caballo y en un espectacular quite combinando saltilleras, largas y un pase de pecho que puso en pie a la plaza.
Luego provocó las arrancadas del animal con un valor rayano en la temeridad, dando variedad a su obra, bajando la mano, ligando y sometiendo en un palmo de terreno, perseverando hasta sacar el último muletazo que tuvo su antagonista.
En el debe, al margen de la pobre presentación de los toros de Núñez del Cuvillo y su escasa fuerza, hay que dejar constancia de la levedad y lo deslavazado de la actuación de Manzanares, que apenas pudo brillar en algún muletazo aislado.









