Valencia, 16 de marzo. Séptima de abono.
Toros de Victoriano del Río, bien presentados pero de poco juego en conjunto, siendo el quinto el más manejable.
Sebastián Castella (de grosella y oro), silencio con aviso en su lote.
Miguel Ángel Perera (de verde hoja y oro), silencio tras aviso y dos orejas con protestas.
Román (de morado y oro), oreja y silencio.
De las cuadrillas destacaron Javier Ambel, Curro Javier, El Sirio, Raúl Martí y César Fernández.
Tres cuartos de entrada.
Paco Delgado.
Con Valencia ya en plenas fiestas, las fallas plantadas y sus calles convertidas en un hervidero de gente, desfilando a todas horas comisiones falleras camino de la ofrenda, acompañadas de sus correspondientes bandas de musicas y miles de turistas haciendo fotos y bailando al son del pasodoble de turno, la feria taurina, en cambio, no acaba de explotar. Principalmente por el juego del ganado.
Tampoco funcionó la corrida de Victoriano del Río. Una de las ganaderías más en forma del momento, preferida por las figuras para sus compromisos en las principales ferias, en Valencia y en este edición de las corridas falleras no se puede decir que el juego de sus productos dejase buen recuerdo. Toros bien hechos y de notable presencia, una vez tuvieron que hacer algo más que lucir palmito dejaron ver sus carencias. De casta, principalmente, rajados unos, parados otros, desentendido el resto… sólo el quinto tuvo un mayor grado de manejabilidad, pese a que de salida también fue distraído y sin especial celo, tomó bien el engaño y permitió a Perera lucir en un buen par de tandas en el inicio de una faena que fue perdiendo intensidad a medida que avanzaba, dotándola el extremeño de un metraje excesivo para su contenido, sonando un aviso antes de que se perfilase para matar. Se tiró a por todas a matar y el que el estoque, aunque trasero, se enterrase hasta la bola, hizo que se le procurasen las dos orejas del astado. Un premio a todas luces exagerado y que provocó protestas en un amplio sector de público que no está a favor de que la concesión de trofeos se convierta en una tómbola ni en la ruleta de la fortuna.
Otra oreja paseó del tercero un entregadísimo Román, que se llevó una voletera espeluznante al iniciar de rodillas su trasteo de muleta. Sin inmutarse ni mirarse se fue de nuevo a la cara del toro para torear con quietud de pasmo y mano muy baja, atropelllando a veces la razón pero dejando claro que quería justificarse. Fue la suya una labor sincera y valiente a carta cabal que no pudo redondear con el sexto, un animal que se paró ya en banderillas y que entraba al paso, estrellándose el torero valenciano contra un muro que le impidió salir por la puerta grande.
El segundo de la tarde tuvo recorrido y fijeza en sus primeras arrancadas pero se rajó enseguida, buscando refugio en terenos de chiqueros y contra las tablas, acusando enseguida la mucha exigencia de Perera en el inicio de su turno.
Castella tuvo un primer oponente manso y gazapón con el que muleteó en un quehacer desestructurado y sin argumento, firmando con el burraco cuarto, también muy a menos, otra faena interminable y más voluntariosa que otra cosa que se fue diluyendo poco a poco.









