El número de tontainas que presumen de no leer ni de sentir una minúscula atracción por cualquier tema que destile cultura va en aumento. Son la nueva clase dominante que ejerce influencia sobre más ignorantes, tontos que a su vez son fácilmente manejados por su incultura. Entre los antis hay un buen puñado de ellos, individuos que no tienen argumentos ni quieren tenerlos, pero cuya osadía les lleva a plantear sus insolentes pretensiones incluso ante la ONU.
Hace unos días escuché a Jesús Quintero, “El Loco de la Colina”, hablar sobre el galopante crecimiento del número de individuos que en la actualidad presumen de no leer. Se quejaba el célebre Loco de que demasiados medios de comunicación emiten programas pensados para esos analfabetos que ni saben, ni razonan, ni se esfuerzan lo más mínimo por comprender nada, gente que sólo busca la distracción banal, lo que fomenta que la población de ignorantes vaya en aumento.
Es obvio que a lo largo de los tiempos siempre han existido los iletrados. Pero la incultura nunca fue motivo de enorgullecimiento sino de estigma. Sin embargo en la sociedad reinante cada vez se alardea más de no haber leído un libro en la vida, de no sentir una minúscula atracción por cualquier tema que destile cultura y no se tiene reparo en despreciar el acceso a la educación que en general hoy se brinda. Y además, como aseguraba “El Loco Quintero”, cada vez son más las televisiones que diseñan espacios a medida de estos palurdos, programados para gente que pasa de la cultura, que entiende lo justo, que sólo ansía una distracción y una diversión que no requiera el mínimo trabajo mental.
Esto provoca que la cuota de analfabetos engruese y vaya convirtiéndose en una mayoría frívola y superficial. Son la nueva clase dominante que ejerce influencia sobre más ignorantes que, a su vez, se convierten en dominados precisamente por su torpe incultura. Nada de conocimientos, ni de análisis, ni de profundidad. Se vocifera lo primero que a uno le viene en gana se tengan argumentos o no. Se está en posesión de la única verdad sólo porque así se siente, sin esmerado raciocinio. En definitiva, la osadía se convierte en habitualidad, una osadía entendida, no como audacia, sino como imprudencia irreflexiva, como insolente desfachatez. Una barbaridad.
Y entre esos osados irreverentes está el grupo de quienes hace unas fechas solicitaron a la ONU que emitiese un informe relacionando la asistencia a los toros de público infantil y adolescente con supuestos efectos perniciosos en su postrer desarrollo psíquico y mental. Tal afirmación es un grave insulto a nuestros padres y abuelos, a sus antepasados, a eruditos y a ceporros de los últimos siglos, a artistas y obreros, a políticos de todos los signos y pueblo llano, a nuestros congéneres aficionados a la tauromaquia tan “normales” o incluso mejor desarrollados psíquicamente que muchos de los osados.
Que los toros no perjudican la salud mental es una realidad palpable a lo largo de los tiempos, y la realidad científica es que diferentes equipos médicos, psiquiatras e investigadores independientes han demostrado en las últimas décadas, no solamente que no existen implicaciones psicológicas negativas para menores que asisten a espectáculos taurinos, si no que muchos de los alumnos de escuelas taurinas obtuvieron mejores resultados en todos los registros de bienestar y recursos psicológicos medidos que otros estudiantes que no asistían a este tipo de centros.
Pero los osados no quieren saber de realidad palpable ni mucho menos científica. Ellos pertenecen a esa masa a la que no les interesa leer informes y documentarse. Y además, a su desconocimiento en la materia suman una alta dosis de mala intención con la que sólo pretenden conseguir su objetivo, que no es otro que la abolición de la tauromaquia. Lo que la mayor parte de osados desconoce es que fruto de su incultura están siendo objeto de la influencia manipuladora de quienes tienen intereses económicos en que el toreo desparezca, el borreguismo impere y el superfluo animalismo se propague por el mundo al mismo ritmo que crecen los tontos que presumen de no querer saber nada.
Porque quienes manejan a los tontos saben que los toros no se pueden cortar de raíz y que la estrategia pasa por minar las aficiones incipientes para que no haya futuro. De ahí la petición elevada a la ONU. Y lo peor de todo es que resulta evidente que hay demasiado tonto suelto que se sube al carro sin saber ni querer saber. Me da a mí que el Loco de la Colina no está tan loco.









