La siguiente anécdota me la contó personalmente Ángel Luis Bienvenida, en una tertulia nocturna madrileña inolvidable, no solamente por lo que se habló en aquella reunión, si no también por la categoría de los asistentes: la flor y nata de los mejores aficionados del mundo.
Lo he dicho en más de una ocasión, y ahora lo repito. Antonio Bienvenida fue “mi” torero durante toda mi vida de aficionado. Presencié casi, casi todas sus magistrales faenas.
Su muerte en octubre de 1975, exactamente el día 7 de ese mes, a causa de las lesiones que le causó tres días antes una vaca en la finca de Amelia Pérez Tabernero, hizo que me desplazase a Madrid para asistir a su entierro. Tras salir del templo del toreo, esto es, General Mola, 3 de Madrid, fue portado a hombros en la plaza de Las Ventas, por toreros como Ángel Peralta, Paco Camino, Curro Romero, Paquirri, Palomo Linares y muchos más. recuerdo con gran emoción, como Ángel Luis, gritaba llorando, “Viva el torero más grande que han parido madres”. Y no le faltaba razón.
Repito, fue mi torero. Elegancia, señorío, arte, ciencia, afición, magisterio, me faltan adjetivos, pero los resumo con lo que mi admirada Conchita Cintrón dijo de Antonio “esencia de señorío en gestos de torero”.
En su vida profesional, como todas las grandes figuras tuvo, naturalmente sus tardes malas.
Ahora llega la anécdota. Toreaba en Madrid y no tuvo su tarde, no se acopló con sus toros, dudas, dudas y llegaron los pitos a pesar de que actuaba en la plaza en la que se le consideraba especialmente torero de Madrid.
La bronca arreciaba y su peón de confianza, mi querido y nunca olvidado Guillermo Martín, se encaró enfadado con el público, cuando Antonio le dijo. “Guillermo, no hables más, cállate, que sus motivos tendrán”.
Hasta en eso fue torero.









