Locura en SEVILLA con MORANTE y en MADRID con FERRERA. Nada, pero que nada que ver, una con otra salvo la fidelidad a dos estilos tan dispares, la vestimenta escogida tan especial, el color de los capotes, y -sobre todo- la tauromaquia de ambos. Pero así está esto.
Cuando la, al parecer interminable, feria de San Isidro ya enfila su recta final, no pocas son las notas que van quedando guardadas; unas en la retina, otras en la memoria y otras, muchas, apuntadas en un papel para dejar luego constancia de lo sucedido en este trascendental y destacado serial madrileño que se convierte a lo largo y ancho de un mes en el eje del mundo taurino.
Hay tardes que no se explican. Se sienten. Y hay toreros que no se miden por estadísticas, ni por puertas, ni siquiera por las vueltas al ruedo que da la historia. Hay toreros que pertenecen a otra dimensión, a un territorio donde el tiempo no transcurre, sino que se detiene. Allí habita José Antonio Morante de la Puebla.
Dentro del triunfalismo, las muchas puertas grandes, el récord de orejas concedidas, los llenazos lógicos e ilógicos, la juventud en gran número, empieza a preocupar la situación actual de la aceptada como primera del mundo, que muchos no consiguen comprender en su estado actual. Argumentan que se ha disparado y algunos sectores empiezan a inquietarse.
El de ayer fue un festejo distinto a lo habitual. Un espectáculo emotivo, en el que el argumento fue el concepto de tauromaquia como lidia, como sentido del riesgo.
Sigue el exitoso San Isidro de los llenazos, los jóvenes, la pandemia de avisos, las corridas cercanas a o en las 3 horas, las orejas, las puertas grandes, las apoteosis verdaderas, generosas, justas o falsas.






