Con las ferias de Zaragoza y Jaén se ha cerrado definitivamente, a falta de algún festejo aislado, la temporada taurina española, aunque en la Comunidad Valenciana esto ya sucediese el pasado día 9 de octubre, con la novillada que recuerda lo que fue la Feria de la Comunidad.
En la calle, como en las plazas, hay gente que exige al toro lo que puede y debe dar como tal, al caballo lo del caballo y al perro lo suyo, que al final es lo lógico. En la calle hay gente que daría su vida por el toro, a cambio de nada, sin dinero de por medio, aunque no parezca tener explicación. Y en la calle, como en las plazas, hay aficionados cuya actitud es todo un ejemplo.
Resulta en estos días, al menos curioso, recordar que la gravísima crisis política y social que empaña a toda Cataluña en su relación con el resto de España empezara con la decisión ilegal de un parlamento infecto para prohibir las corridas de toros.
Sigue revuelto, enrevesado y muy difícil el asunto catalán. El llamado prusés sigue dando quebraderos de cabeza y muchas preocupaciones no sólo a los tolondros que lo han movido -no se sabe con qué objeto, o no se ha dicho- y que han abierto una caja de Pandora que ahora parece muy difícil de cerrar.
Desde siempre los aficionados a los toros han podido presumir de saber convivir en democracia. En época de convulsas manifestaciones independentistas y españolistas, cuando en la calle la falta de educación y tolerancia toca techos inauditos, la tauromaquia, que es del pueblo, vuelve a ser ejemplo de respeto a las libertades, y el pasado 9 de octubre el coso taurino de Valencia se convirtió en el máximo exponente de ello.
Punto y seguido porque esto va a continuar después de su muerte. O sea, nada de punto final. Victorino Martín Andrés, el de los tres nombres propios convertidos en apellidos los dos últimos. Consiguió popularizar su nombre de pila, poco común,y a que la afición y el pueblo lo convirtieran en familiar. Esa fue su primera batalla ganada.






