En estos tiempos tan revueltos y anormales, con casi todo patas arriba y sin que nadie parezca muy bien para dónde tirar, el mundo de los toros, de por sí independiente y en cierto modo anárquico, tiene ante sí un tremendo reto.
Lo que me gusta y lo que no de la tauromaquia 2021. Dentro y fuera de los ruedos. Hay mucha tela que cortar. Es lo que he visto en los últimos días.
La organización de novilladas brilla por su ausencia en las ferias que van anunciándose. El Circuito de la Fundación es, de momento, el único escaparate que tienen los benjamines del toreo. Después de más de un año de pandemia, los empresarios no han negociado con las Administraciones una rebaja impositiva, y dar un festejo menor sigue siendo tan caro e inviable como antes de la irrupción del coronavirus.
Ya un año danzando y… en forma. Y con ilusión para seguir comiéndose el mundo. Danzando sin parar. Con alegría.
Siempre se ha discutido sobre si los toros son caros. Mucho se ha escrito y hablado acerca de lo que cuesta presenciar un festejo taurino. Y las opiniones siguen divididas: para el público es un espectáculo caro y para los empresarios y profesionales, barato.
Es una gran estoqueadora. Como Manzanares ahora. Ha estoqueado varias veces a Sánchez y la última en las autonómicas de Madrid. Sin puntilla. No digamos la recetada estos días a eso que llaman ministra -¿de Sanidad o de estupidez?- dejándola en ridículo y teniendo que desdecirse de lo que quería imponer -¡estos demócratas…!- la semana anterior. Valiente Ayuso, a los tribunales y a ganar. Como siempre. (Buen trío sanitario el de Illa, Darias, Simón. Trío del terror y la mentira).






