En todos los ámbitos de la vida, en lo personal y lo profesional, el respeto es fundamental, tanto para con uno mismo como, más, con los demás. Si no se guarda una mínima consideración para con quien te rodea, el conflicto está servido y con él llega todo lo peor.
Hace unos días Román mató en Valencia, en Fallas, una corrida como único espada. Pues bien las corridas en solitario ante seis toros enloquecen a los microfoneros de radio y televisión y a los escribidores en las redes o en papel que repiten epileptoides : encerrona, encerrona, encerrona, encerrona y encerrona. Pues no.
CASTELLÓN acaparó las miradas de estos días y también las que se elevaban al cielo por las suspensiones por lluvia, con mucho frío y hasta nieve.
Es lo que hay, pero no es lógico ni posiblemente correcto. Que un novillero novel, de buenas a primeras, se la tenga que jugar en una plaza de categoría, es lo mismo que si a un piloto de karts le dan directamente un Fórmula 1 para competir en Mónaco. Si detrás no hay un mínimo tiempo de aprendizaje y un fuerte apoyo económico para prepararse exhaustivamente, las posibilidades de que todo salga bien son las mismas que toque el gordo de la lotería.
Cuando las cosas vienen bien dadas es muy fácil dárselas de impecable, atento, solícito y etcétera. Y parecerlo. Lo difícil, y más raro, es serlo cuando surgen problemas o aparecen dificultades que exigen sacrificios o esfuerzos que puede que no tengan reciprocidad. Ahí es donde está el mérito.
Ya dejó de hablar Juan Ortega. Tanto bla, bla, bla para ná de ná. Y los basureros. Tantos minutos de programas de los basureros televisivos para no informar y sólo hacer como las porteras chismosas de antaño, que éstas al menos conocían a los vecinos y sabían de lo que hablaban.






