Hay personas cuyo recuerdo permanece ligado para siempre a un lugar y a una forma de entender la vida. Paco Castelló “Tito” fue una de ellas. Aficionado taurino, sanferminero por convicción y amigo de sus amigos, convirtió Pamplona en su segunda casa y dejó una huella imborrable en cuantos tuvimos la fortuna de conocerle.
Pues los sanfermines siguen siendo como siempre, mejor o peor, más o menos graciosos, más o menos divertidos, en los que teníamos dos cosas serias: los encierros, lo que más con diferencia y origen de todo, y la presentación del ganado como la feria del toro que es.
Aunque, stricto sensu, no sea nuestro patrón, que -puede que de manera equivocada pero fírmemente arraigada en nuestro ideario- es el curro diario y sin horas, si bien también ponemos velas a la diosa Fortuna, del santo pamplonica se espera que despliegue su capotico y que con más arte que Morante y tanta eficacia como Esplá permita que su feria sea brillante y sin desgracias.
Con la que está cayendo en España, que parece inconcebible, pero hay que seguir y hablar de los sanfermines, que son sanfermines frivolizados. Cada año más. ¿Y cuál es una de las armas más terriblemente poderosas para poder hacerlo? La tele. Y ¿quién puede seguir frivolizando?. Pues la tele.
Normalidad en la temporada con la pareja de figuras a lo suyo, Talavante haciendo pinitos y los triunfadores de ahora que van detrás siguen triunfando con la complacencia y aprobación de la actual afición y sus tragaderas.
La política de venta de entradas para la miniferia de octubre de Valencia va más allá de los precios. La obligación de adquirir un paquete de tres festejos para poder asistir a la corrida estrella plantea interrogantes sobre si determinadas estrategias comerciales contribuyen a acercar público a las plazas o, por el contrario, si incluso dificultan el acceso a las novilladas.
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