Comienza un nuevo año y con él una nueva temporada. Es tiempo de ilusiones, de esperanza y de puesta a punto. El toreo, a este lado del Atlántico, se despereza y comienza a calentar motores de cara a una campaña que se espera apasionante y, ojalá, brillante.

Mientras que el periodismo deportivo está abierto a todo y el político según convenga y esté subvencionado, el taurino es un sepulcro impenetrable. Impera la ley del silencio absoluto. No hay más que adelanto de carteles de ferias. Que puede ser información o publicidad gratuita. O las dos a la vez.

El adelanto de la presentación de la próxima Feria de Fallas, que se hará oficial con un mes de antelación respecto a los plazos habituales, ayudará a crear ambiente taurino en Valencia antes que otros años. Por el contrario, la prohibición de torear en Cali a Marco Pérez, que impuso el presidente colombiano Gustavo Petro, sólo pretende debilitar la afición a los toros.

Faltan apenas horas para que se cierre este capítulo de nuestra vida. El año 2022 está prácticamente acabado y con él una temporada taurina que ha significado el retorno de una normalidad destruida por el coronavirus y servido para demostrar que la gente sigue yendo a un espectáculo maltratado por muchos.

En octubre de 2016, una Sentencia del Tribunal Constitucional decretó que la competencia de la Generalidad de Cataluña en materia de espectáculos no podía incluir la abolición de los toros, en tanto éstos son, por Ley, patrimonio cultural inmaterial. El dictamen declaraba inconstitucional y nulo el artículo 1 de la Ley 28/2010 catalana que prohibía la celebración de festejos taurinos. Han pasado más de seis años y todavía nadie se ha atrevido a organizar una corrida en territorio catalán.

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