Israel Lancho cumple diez años de alternativa, pero de momento no hay festejo que conmemore su doctorado. Su caso es un ejemplo más del funcionamiento del sistema taurino, que se lo pone terriblemente complicado a quienes no tienen el amparo de una casa fuerte. Lancho siempre se la jugó de verdad ante las corridas más complicadas y siempre triunfó en su tierra, pero nada de esto le facilitó el camino. Que esta temporada le den la oportunidad de celebrar su aniversario sería una cuestión de justicia y sobre todo de sensibilidad.

Que nos ha tocado vivir una época mala, está claro. Que hay que  lidiar con moruchos y marrajos de poca o nula casta y menos nobleza,  es evidente. Pero lo que no deja de chocar es cómo y porqué hemos  consentido que haya llegado a gobernar -o, mejor, mangonear- cierta  clase de individuos -e individuas- que no tiene formación,  preparación ni educación.

“Mientras no sea incompatible ser al mismo tiempo empresario y apoderado el sistema no será justo, ni siquiera lícito”. Es un tópico, pero es cierto. El poderoso decide que torean los suyos y quienes tienen algo para compensar. El resto a rezar para que llegue un milagro. Y de vez en cuando incluso se produce, lo que maquilla la inmoralidad de un régimen demasiadas veces tirano.

Dicen que nos encontramos en uno de los mejores momentos de la  historia de la tauromaquia, tanto por el alto grado de toreabilidad  que presenta el toro actual como por la perfección técnica alcanzada  por los diestros que hoy se visten de luces. Y a tenor de lo visto en  algunas plazas, con algunos toreros frente a determinados toros, no  se puede oponer reparo alguno ni hacer objeciones. Es así.

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