No hacía ni un año de la tragedia de Víctor Barrio cuando el toreo se  ha visto sacudido de nuevo por la desgracia. De golpe y porrazo nos  ha dicho adiós el infortunado Iván Fandiño, el más destacado de los  toreros vascos de los últimos tiempos y que el pasado sábado resultó  muerto en la plaza francesa de Air Sur L’Adour, al ser corneado por  un toro de Baltasar Ibán que le destrozó varios órganos vitales,  haciendo inútil la intervención de los facultativos que le  atendieron, primero en la enfermería de la propia plaza y,  posteriormente, en un hospital de la vecina ciudad de Mont de Marsan.

Ante la muerte de Iván Fandiño nada podrá consolar a su familia y amigos. ¿Por qué? No hay respuesta. Podía haber sido cualquiera y podrá seguir siendo cualquiera. Sólo cabe pensar que él, como aquellos que antes perecieron en las astas de un toro y aquellos que le sucedan, ha puesto en valor el toreo, magnificando el verdadero significado de jugarse la vida y demostrando que, en el toreo, la línea entre la vida y la muerte es tan fina que permanecer a este lado de ella parece cosa de milagro.

  “Vivimos de las propinas de Dios”. Esta es una de las múltiples sentencias que se le atribuyen a aquel coletudo de ensueño que debió ser Rafael el Gallo. Un ser de una personalidad fascinante y quien, al margen de sus brillantísimas desigualdades en la plaza, en la calle pródigo frases llenas de ingenio, sabiduría y gracejo. La muerte el pasado sábado de Iván Fandiño no deja de ratificar la veracidad del aserto del denominado Divino Calvo. Y es que si ya todos los seres humanos vivimos de las propinas de Dios, porque levantarse cada mañana es un regalo, lo es todavía más para todos aquellos que ponen en juego su vida en ese círculo mágico que es una plaza de toros. Ha muerto Iván Fandiño, como antes sucedió Víctor Barrio y otros muchos. Una muerte que va a contribuir a engrandecer y mitificar, como sucedió en otras ocasiones la figura de este espada de variados orígenes, con un maridaje entre lo gallego, lo vasco y lo alcarreño. Ahora sorprende, e incluso causa cierto sonrojo, leer o escuchar los elogiosos epítetos que le están dedicando algunos de los que otrora vertieron hacia él comentarios despectivos, críticos e irónicos. Pero la vida es así. Y la muerte de este enrazado torero, quien por cierto ingresó en la Escuela de Tauromaquia de Valencia el 26 de enero de 1999 con el apodo de El Niño de la Antigua, en la que estuvo dos años, ha servido también a volver a magnificar y …

En mi artículo “De Guanes a Baruqui” me quejaba de la mala suerte que no está dando el número 7 en su año 2017. El 7 estaba en todas las circunstancias y fechas de sus muertes. Y otra vez el 7 en un día 17 del 2017, amargo, amargo, en la tragedia de Iván Fandiño . Otra vez el 7. La tragedia del toro de Ibán que mata al torero vasco. Ibán contra Iván,  colmo de mala suerte como lo fue la de  Víctor Barrio. Dos en menos de un año es demasiado. Lo negro se ceba con el toreo.

Ha sido, sin lugar a dudas, uno de los acontecimientos de la feria de  San Isidro. Una de esas tardes que quedan en la memoria y que se  recuerdan toda la vida. Uno de esos momentos que no se olvidan y que  hacen grande la tauromaquia y... al autor de la hazaña, que, aunque  parezca mentira, más de treinta años después de haber iniciado su  carrera, sigue creciendo y demostrando la misma ilusión y las mismas  ganas que dejó ver una ya lejana tarde de agosto de 1986 en Baeza.  Bueno, ilusión, ganas... y muchas más cosas que han hecho de Ponce un  torero que marca una época.

Tu otorgada por tantos buena imaginación y creatividad se diluyó en tantas tardes, era el estreno, la novatada, pero reconocerás que el crucigrama isidril del 2017 no era para tirar cohetes, alguna del clavel y carteles de equilibrio de cara a interesar en taquilla y a vuestra economía: uno bueno, uno regular y otro interesante o de futuro. Creo, no obstante, que se mejoró respecto a otros años. Apenas carteles horrendos en 2017.

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