Primero fue Canarias y después Cataluña. Los toros están permitidos allí pero no se organizan corridas. En Ecuador se han sucedido las prohibiciones. En Venezuela el toreo es ya algo puntual. El objetivo de los abolicionistas es ahora el coso limeño de Acho, en Perú, y también las corridas en México. En Colombia ya se han abolido. Y entretanto no hay ninguna asociación taurina que acierte con la defensa legal de la Tauromaquia que escape a partidismos políticos.

Ha vuelto a ser noticia, ahora en un plano triste y negativo. Román, que unos días atrás causaba sensación en Las Ventas, la pasada semana resultó cogido de gravedad  en la plaza francesa de Vic-Fezensac. Pero no pierde el ánimo ni su perenne sonrisa, dos factores que son parte de su identidad y personalidad.

Lo nunca visto en San Isidro son los No Hay Billetes con carteles flojos o regulares, sin uno rematado, todos los nombres muy repartidos, todos con algún aliciente salvo cuatro o cinco carteles manifiestamente mejorables,  carteles hechos para pagar bien  a uno, medio bien a otro y al tercero, la merienda. Todo muy pensado y muy equilibrado.

La plaza de toros de Las Ventas siempre fue la más influyente del orbe taurino. Triunfar en ella es tremendamente complicado por la exigencia de su afición, de ahí la importancia y repercusión de los éxitos conseguidos sobre su arena. Y así debe seguir siendo aunque ahora el coso madrileño no tenga la fuerza de antaño. Pero sus abonados no deben confundir la insolencia con la severidad. Respeto y rigurosidad pueden ir de la mano.

Su ancestral dominio de la propaganda ha hecho que el anuncio del Ministro de ¿Cultura? avisando de la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia corra como la pólvora y soliviantado, sobre todo, a los aficionados, a los que no faltan motivos para el disgusto.

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