Aseguraba el ganadero Leopoldo de la Maza que “a los toros hay que ir a pasar miedo, y a través del miedo crear arte”. Pero el miedo provoca angustia y paraliza. Por eso soy partidario de que el arte fluya a partir del valor. Porque el valor activa y causa admiración. Para ello hace falta que confluyan toros bravos -que planteen problemas y al mismo tiempo den la posibilidad de solucionarlos de diferentes modos- y toreros con halo de héroes. Sin toros bravos, sin toreros héroes y con miedo “esto se va cayendo solo”, algo que también afirmó don Leopoldo.
Quince años, que se dice pronto, han pasado desde que se firmó en París la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial por parte de la UNESCO. Y fue la Asociación Internacional de Tauromaquia la primera en utilizar los mecanismos de protección que este tratado internacional había habilitado para perpetuar la Tauromaquia como legado cultural.
Lo confesó Victoriano del Río hace unos meses: en el campo hay bravura de sobra. Es una gran noticia para el sector taurino, porque la bravura es el mejor argumento contra la monotonía, el aburrimiento y las intenciones abolicionistas. Cuando hay toro no hay crisis, la afición aumenta y los cosos se llenan. Lo han de entender los criadores y sobre todo los matadores. El toro es la solución.
La Empresa Municipal de Transportes de Valencia prepara una nueva normativa que vetará la publicidad contraria a la legalidad y a los principios constitucionales, de armas y anuncios sexistas dirigidos a niños, pura necedad por cuanto son propuestas innecesarias al tratarse de situaciones que no se producen. Pero detrás de tanta simpleza se esconde el propósito de que no se puedan anunciar circos con animales y corridas de toros. Cortar todo canal de promoción y difusión es la estrategia de los políticos que quieren acabar con la tauromaquia. Seguramente estamos ante otro caso de prevaricación.
Les voy a contar una historia ejemplar y humanísima de fidelidad y amor extremos al toreo. Y a su defensa. La historia se terminó el domingo, 4 de noviembre, con la muerte de Juan Cánovas Alcaraz, conserje de la plaza de toros de Cartagena, durante 46 años, siguiendo la tradición de su abuelo y de su padre, que también lo fueron en esta más que centenaria plaza. Sólo esta familia al mando.
Pues sí. Escribía hace poco que hay cinco meses para aprovechar el período del llamado invierno e intentar arreglar algunas cosas del toreo. El conocido como “sistema” debe reflexionar para dar más emoción y quitar trabas al espectáculo, cada vez más lento y aburrido. Y ampliar las oportunidades. Y hacer nuevos carteles con el mismo escalafón. Y organizar más novilladas para que al menos surja ese torero que mueva las taquillas.






