En unos días se cumplirá el medio siglo de la muerte de Manuel Fuentes Bejarano, hermano de Luis y que tras intentar triunfar como matador se hizo banderillero, llegando a torear con Manolete en Linares la infausta tarde que Manuel Rodríguez coincidió con “Islero”.

El futuro de la tauromaquia depende de que los toreros se comprometan, que rivalicen entre ellos en ferias exigentes y que el toro haga honor a su condición de bravo. Y parece que eso precisamente es lo que está ocurriendo esta temporada, y además en plazas de categoría. La situación es tan ilusionante que hasta los ataques antitaurinos están pasando a segundo plano.

El pasado día 24 de junio se cumplió medio siglo de la alternativa de uno de los diestros más destacados de los últimos tiempos. Tres días después de haber actuado por última vez como novillero, de forma harto brillante y triunfal -en una actuación en Valencia no exenta de volteretas y revolcones-, Dámaso González se presentaba en Alicante, el día de San Juan, dispuesto a que Miguelín le convirtiese en matador de toros e iniciar así una de las carreras más sólidas e importantes de la moderna historia de la tauromaquia.

Es el nuestro país de pícaros y lo es de siempre, no es cosa moderna. La novela picaresca ya nos dio ilustres ejemplos de expertos en el arte de la supervivencia en las nada claras fronteras de la ley.

La recién finalizada feria de San Isidro ha sido una de las más triunfales y, a la vez, sangrientas de los últimos años. La razón no es otra que el compromiso que han adquirido los matadores. En general lo han dado todo, se han ajustado al máximo, se han arriesgado sin reservas, y la apuesta ha resultado tan exitosa como accidentada. La exigencia de Madrid es la única que, con un solo éxito, todavía sigue poniendo en valor a los toreros; de ahí la entrega mostrada.

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