Cada vez somos menos cosas. No somos París. Ni somos Grecia. Tampoco fuimos Haití, por ejemplo, cuando tocaba serlo. Ni Siria, ni etcétera, etcétera. Ni somos, como pensábamos, los mejores. Ni los más grandes ni los más guapos. Ahora resulta que tampoco somos América. Y entiéndase América como Estados Unidos, el país que marca la pauta en el universo mundo.

Termina la temporada y arranca la campaña de resúmenes, análisis y estadísticas. Un año más, las figuras copan la atención mayoritaria y, lógicamente, mucho más espacio en los medios de comunicación (que aún tocan el tema taurino).

Oigo a algunos políticos hablar de forma insustancial de la abolición de la tauromaquia y a favor de unos cursis y postizos derechos de los animales y recuerdo a una señora paseando a su perro en el carrito de un bebé y a una niña que soñaba con ser la mami de un cachorro de sexo chico. A este paso acabaremos vistiendo a nuestras mascotas de traje y dándoles 20 euros para que vayan a comer al restaurante que elijan. 

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