Casi al mismo tiempo que el hombre descubre la escritura surgen relatos que narran y describen la lucha del hombre con el toro como la Epopeya de Gilgamesh, una narración sumeria en verso sobre las peripecias del rey Gilgamesh, que constituye la obra épica más antigua conocida, escrita en tablillas de arcilla con escritura cuneiforme entre los años 2500-2000 a. C.
La literatura se ha preocupado de explicar la atracción por el símbolo de una desmesurada pasión, del impulso de acometividad que es el toro y poetas y escritores se han dedicado a cantar y enaltecer la fiesta táurica, arrancando desde el Poema de Fernán González hasta el Quijote, en el que no falta la presencia del toro.
Nuestra Generación del 27, en la que, además de Lorca, se engloban nombres de la talla de Jorge Guillén, Rafael Alberti, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, María Zambrano, Max Aub, Rosa Chacel, Fernando Villalón, José Moreno Villa, León Felipe… dio numerosos trabajos en los que el toro y su entorno están presentes, bien como protagonistas, como escusa o como entorno. Y en este grupo no se puede olvidar a un poeta alicantino, Miguel Hernández, de cuya muerte se cumplen ahora setenta y cinco años.
Nacido en el seno de una familia humilde, pronto tuvo que abandonar sus estudios para dedicarse al pastoreo ayudando a su padre, aunque él sigue su preparación d emanera autodidacta y acudiend, cuando puede, a la bibioteca de uno de los canónigos de la catedral oriolana, Luis Almarcha, que le ayuda y anima en sus estudios. Su interés por la literatura lo llevó a profundizar en la obra de algunos clásicos, como Garcilaso de la Vega o Luis de Góngora, que posteriormente tuvieron una marcada influencia en sus versos, especialmente en los de su etapa juvenil.
Con veinticuatro años viajó a Madrid y conoció a Vicente Aleixandre y a Pablo Neruda; con este último fundó la revista Caballo Verde para la Poesía. Las ideas marxistas del poeta chileno tuvieron una gran influencia sobre el joven Miguel, que se alejó del catolicismo e inició la evolución ideológica que lo conduciría a tomar posiciones beligerantes junto al Frente Popular durante la Guerra Civil Española, lo que, al finalizar la contienda, le valdría una condena a muerte que se le conmutó luego la pena por la de cadena perpetua, falleciendo en la cárcel de Alicante al poco tiempo debido a una tuberculosis.
Pero antes había tenido tiempo para escribir sobre una de sus grandes aficiones: los toros. La temática del mundo taurino es uno de los motivos que más se repite durante toda su obra y ya en su primer libro, Perito en Luna, que vería la luz en enero de 1933, aparecen dos octavas con temática íntegramente taurina, la titulada Toro y la complementaria, Torero.
En su segunda estancia en Madrid, en el año 1934, consigue por fin su primer trabajo remunerado que consiste en colaborar escribiendo biografías de matadores para la enciclopedia “Los Toros” de José María Cossio, y conoce a a José Bergarmín, que le promete publicarle en la revista Cruz y Raya, la obra teatral “El torero más valiente” que por entonces estaba escribiendo.
La simbología y la metáfora taurina seguirá siendo una constante en su poética, hasta llegar al 24 de enero de 1936, fecha en la que sale de la imprenta de los Altolaguirre, los primeros ejemplares de “El rayo que no cesa”, en el que figuran algunos de sus más famosos versos:
Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto…
La atención que muestra el poeta a las corridas de los toros no es baladí al poner su mirada en una de las fiestas más populares y arraigadas en nuestra cultura y que, como en su obra, gira en torno a tres grandes temas universales: la vida, el amor y la muerte.
Por eso Miguel Hernández es inmortal.









