Rafael Alberti en los años 20 y Camilo José Cela a finales de los 30 hubiesen querido ser toreros. Los dos fueron ilustres literatos que dieron brillo y esplendor a las letras españolas, y ambos presumieron con orgullo de su afición taurina. En la década de los 40 Belmonte estaba convencido que era mucho más honroso ser banderillero que gobernador civil. Hoy faltan personajes que presuman con naturalidad y orgullo de su taurinismo, y televisiones en abierto que lo muestren.






