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La mayoría de las ferias taurinas se presentan últimamente de forma pomposa, con fiestas que incluyen música y cócteles. Ni rastro de las tradicionales ruedas de prensa en las que se podía preguntar sobre presencias y también ausencias. Ahora los titulares los dictan los propios empresarios, que en sus intervenciones proclaman la grandeza de los carteles sin posibilidad de réplica. Parece que a la oligarquía taurina le incomoda la exigencia y la crítica.

No hubo que esperar siquiera a que terminasen las fiestas, esa especie de tregua que nos damos para aparcar nuestras peleas y enfrentamientos -al menos los más livianos y llevaderos- y ya tenemos servido el primer disgusto de este año que no ha hecho sino empezar. Menudo comienzo…

Son insistentes, persistentes, inagotables. Es cierto que para muchos de sus cabecillas es su forma de vida y significa su sustento. Quizá por ello no cejan en su empeño de lograr su cometido, acabar con la tauromaquia. Si encuentran un resquicio por donde atacar, los antitaurinos no descansan ni en fiestas. ¿Entretanto qué hacen los profesionales del toro?

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