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Pues sí y otra vez: Morante es figura hablando. Habla poco, su facilidad de palabra es muy concreta pero con objetivos muy claros. Se le entiende todo. Es transparente. Y honrado en sus expresiones. Parece claro que dice lo que piensa sin doblez alguna. Se puede estar o no de acuerdo con él, pero  matiza siempre y argumenta bien. Por todo ello, Morante hablando es también figura.

El boxeo, otrora espectáculo de masas, dejó de aparecer en la televisión y su presencia en la sociedad menguó hasta límites inesperados. La historia de su languidez recuerda a lo que, desde hace unos años, le está ocurriendo a la tauromaquia (sin que se acierte a poner remedio).

Que la pandemia va a suponer un antes y un después, está clarísimo. Ya nada volverá a ser como antes, por mucho que nos emperremos en que así sea. Y quien lo tenga claro llevará mucho terreno adelantado. Lo de renovarse es cada vez más urgente.

El público es la tercera pata de la tauromaquia. Sin espectadores el toreo no tendría sentido. Es la gente que ocupa los tendidos quien espolea y exige a los toreros. Con las restricciones impuestas por la declaración del Estado de Alarma, el aforo de las plazas se redujo y el ambiente quedó frío y desangelado. Ahora cabe esperar que la evolución de la pandemia permita la celebración de festejos con mayor ocupación y que los empresarios acierten con las combinaciones propuestas.

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