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Ha sido, sin duda, uno de los grandes destacados de la temporada y ha dejado patente su clase y personalidad. Además, este año la constancia y la regularidad, en esfuerzo y éxito, también han estado presentes de principio a fin.

Dicen que el covi –yo lo creo también– ha afectado muchísimo a las cabezas, casi más que al resto del cuerpo. Y más al público y en las dos grandes: SEVILLA y MADRID, aunque en  casi todas, cada una en su nivel. Y hemos llegado así a un publiquito del covi, malhumorado porque sí, entregado a lo loco creyendo más delo que ve, saliéndose de sus costumbres etc. En la MAESTRANZA era rarísimo que el público hiciera salir a saludar a los matadores tras el paseíllo. (Este año sí por el covi, por las ganas que tenían de ver torear, por animarles a arrimarse para poder disfrutar de su afición y emoción como antes, o por lo que sea en esta dificilísima tarea de comprender a los seres humanos).

Finaliza la campaña taurina de 2021, un buen año en lo artístico y mucho mejor de lo esperado en lo cuantitativo. La Tauromaquia ha sido la actividad cultural más valiente y activa en época de pandemia, sin embargo se la excluye de cualquier tipo de ayuda o subvención que sí reciben otras prácticas. Se incumple la ley y se marginan los toros sin que el toreo abra la boca.

Comenzamos con la mano negra, negrísima, del Psoe, otra vez furioso anti-toros. De los 1.589 millones de euros en los Presupuestos Generales 2022, el toreo recibe la gran bofetada de nada menos que 65.000 euros en total (35.000 para la FTL, que supongo dirá que se los metan por ahí, y 30.000 para el Premio Nacional de Tauromaquia, que debería indicar a PEDRO SÁNCHEZ, el del sanchesmo, no sanchismo que viene de SANCHO, y su banda repugnante, que se los metan también por ahí). Taurinos:  dignidad y que no os aplasten. Gran humillación para el toreo y lluvia de millones para museos, cine, danza, música, teatro etc (que estaría bien si repartido sin saña).

Durante mucho tiempo fue el terror de autores y creadores. La obra de cada cual debía pasar bajo la lupa, casi siempre implacable y pazguata, de quien decidía sobre el bien y el mal. Y parece que la pesadilla continúa.

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