En el toreo no todo se limita a los festejos en la plaza, ni a hablar de carteles y ferias. Ni de quién torea, y quien deja de torear. Ni hablar y pontificar sobre de los círculos de poder empresariales. Ni sobre quién manda en el establishment, ni acerca de quien se va a quedar con la plaza de Málaga, ni los manejos de los taurinos y sus adláteres y corifeos.
El toreo también es cultura. Sobre todo, es cultura. En este sentido, Avance Taurino siempre estado sensibilizado por este tema, y se ha convertido en uno de los pioneros de la promoción de la cultura entre los aficionados. Desde este portal, se sigue y se seguirá informando de todo cuanto acontece en el llamado planeta de los toros. De sus variadas facetas. Y, por supuesto, sin olvidar el de la cultura.
Por ello, todas las semanas publicaremos un comentario y una recomendación de un escritor, un libro, una novela, un ensayo, un poema, una obra de teatro, una película, un pasodoble, una partitura o un cuadro relacionado con el mundo de los toros. Con el objeto de que el aficionado tenga donde complementar su afición, y descubrir nuevos valores en la tauromaquia.
Hoy empezaremos por Azorín, de quien este año se cumple el cincuenta aniversario de su fallecimiento. José Augusto Trinidad Martínez Ruiz nació en la ciudad alicantina de Monóvar el 8 de junio de 1873. Estudió bachillerato en el colegio de los Escolapios de Yecla y de 1888 a 1896 cursó la carrera de Derecho en Valencia. Allí comenzaron sus pinitos periodísticos, donde escribió en diarios como El Eco de Monóvar, El Mercantil Valenciano e incluso en El Pueblo, periódico que dirigía Vicente Blasco Ibáñez.
En 1896 llegó a Madrid para seguir sus estudios, pero continuó ejerciendo el periodismo, colaborando en publicaciones como El País y El Progreso. Y poco a poco su nombre fue apareciendo en revistas y periódicos cada vez más importantes: Revista Nueva, Juventud, El Globo, Alma Española, España, El Imparcial y ABC.
En 1904 comenzó a usar el pseudónimo Azorín, con la publicación de una trilogía de novelas autobiográficas: La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo. A partir de 1905 colaboró en el diario ABC. Entre 1907 y 1919 fue diputado en Cortes e incluso ejerció el cargo de subsecretario de Instrucción Pública. También viajó con frecuencia por España, de resultas de lo cual publicó dos excelentes libros de paisajes como Los pueblos y Castilla. Y en 1924 fue elegido académico de la Real Academia Española de la Lengua.
Azorín tuvo una gran afición a los toros, lo que se vio reflejado en su obra. De esta forma en Castilla, publicada en 1912, se contienen un conjunto de pequeñas narraciones sobre el paisaje y temas españoles. En una de ellas, la titulada Los toros, se describe el ambiente taurino a través del cual da una visión crítica de España y sus gentes.
Otro de sus relatos relacionados con el toreo es titulado Sentado en el estribo. En él, un torero llamado Juan Barcelona reaparece en el ruedo convencido de que va a poder realizar su faena soñada. Pero desde que empieza a vestirse de luces, aparecen signos del llamado mal fario. Un espejo se rompe, un hombre vestido de luto se cruza en su camino a la plaza y se topan con un entierro. Por lo que todo apunta a un fracaso al que el matador parece resignado, tras toda esta pléyade de supersticiones Pero éste, luego hace la faena de su vida. Lo que no espera es que su amigo Pepe fallezca de modo repentino en el callejón. Y Juan acaba sentado en el estribo, llorando de pena e impotencia.
El perfil taurino de la obra de Azorín quedó reflejado por el escritor y psiquiatra Fernando Claramunt en el libro Azorín, Miró y Hernández ante los toros, publicado en el año 1981. Azorín fue un gran amigo del matador de toros manchego Cándido Martínez Mancheguito, quien vio al escritor torear en una ocasión en la plaza de toros de Monóvar. Sobre esta anécdota, comentaba el propio autor en su libro Albacete, siempre: “Los toros de la ganadería de Flores eran llevados a Monóvar por las antiguas veredas para ser lidiados en las fiestas. El encierro era público. Una vez cogí yo un capote y le di unas verónicas. Mancheguito estaba sentado en el estribo”.
Y en otra de sus obras, la titulada Valencia, describe la plaza de toros de la ciudad de la siguiente forma: “La plaza de toros de Valencia era una airosa plaza. No perdía yo corrida. Allí vi a todas las figuras de la torería andante. No es posible olvidar aquellos toreros. Por allí pasaron -y yo los vi- El Gordito, Carancha, Fernando Gómez el Gallo, Currito, Lagartijo, Ángel Pastor, Emilio Torres Bombita, Reverte, El Espartero, Antonio Fuentes y Guerrita. A Frascuelo no lo vi. Los toros arremetían con pujanza formidable. Solían abrir anchas brechas en la madera. Una cuadrilla de carpinteros, de servicio en la plaza, acudía presta a tapar el boquete. Preguntando yo hace cuatro o cinco años a Juan Belmonte el porqué de haber antes carpinteros y no haberlos ahora, me dio bondadosamente amplias, complejas y sutiles explicaciones que yo no entendí. Sigo creyendo, por tanto, que los toros tenían antaño un poder que no tienen al presente”.
Imagen: Azorín visto por Zuloaga









