Aunque falta un mes para que se celebre la festividad de San Pedro Regalado, patrón de los toreros, su portento sigue vigente y obró efecto hace unos días en Las Ventas.
Los milagros, aunque de manera racional no haya forma de ubicarlos ni encontrarles explicación, existen, si bien su materialización no sea, desafortunadamente, algo que suceda ni todos los días ni en cualquier ocasión.
Y eso se vio, también hace nada, en Málaga, cuando un toro se arrancó de improviso y arremetió contra el pobre Ricardo Ortiz, que apenas pudo hacer nada para esquivar la embestida y fue corneado con tan mala fortuna que perdió la vida en uno de los corrales de la plaza de Málaga después de haberse jugado el tipo en el ruedo durante su etapa como matador.
Mucha más suerte tuvo Cristian Pérez, a quien el Domingo de Ramos, en la corrida en la que confirmaba su alternativa, la providencia le echó un capote y salvó la vida tras una espeluznante cogida sufrida mientras pasaba de muleta a un torazo de Dolores Aguirre que le zarandeó, zamarreó y acogotó de manera impresionante, saliendo del trance con sólo una cornada en la pierna derecha y una tremenda paliza.
Viendo las imágenes del percance, con los pitones buscando hacer presa, golpeando la espalda, la cabeza y las piernas de un torero convertido en un pelele a merced de una fuerza de la Naturaleza desatada y enfurecida, no hay mas remedio que pensar que aquello fue un milagro y parece, si no, imposible que alguna de aquellas tarascadas no tuviese fatales consecuencias.
Como Santo Tomás, que tuvo que ver para creer, los aficionados más reticentes a aceptar estos prodigios, a la vista de la secuencia, no podemos hacer otra cosa que pensar que, efectivamente, los milagros existen y dar gracias por ello.
Ya lo decía Chesterton, lo más increíble de los milagros es que ocurren, aunque Unamuno, uno de los españoles más brillantes y agudos que jamas hayan nacido en estas tierras, hurgaba en nuestras deficiencias cuando manifestaba que pedimos milagros, como si no fuese el milagro más evidente el que los pidamos… Una explicación posible y, de hecho, probable, es que lo que hemos recibido a lo largo del tiempo como esos hechos excepcionales e inexplicables a ojos de la ciencia o la razón no sea más que una versión muy exagerada de lo que realmente sucedió y, probablemente, también interpretada según convenga.
Pero no deja de sorprender, ni de maravillar, y por tanto sea algo susceptible de ser considerado como milagro, que a estas alturas del siglo XXI, con el hombre otra vez dando vueltas a la luna, viendo en directo cómo caen las bombas sobre pueblos y ciudades como si tal cosa y robots escarbando en nuestras entrañas para extirpar enfermedades y males que no hace tanto nos llevaban a la fría tumba sin contemplaciones, haya semejantes que sólo tengan una idea en la cabeza: ponerse delante de un toro.
Hace ya tiempo que ser torero dejó de ser una de los pocas formas de ascensión social para quien había tenido la mala suerte de nacer en el lado malo y muchas son las opciones para alcanzar reconocimiento, fama y dinero sin necesidad de tener que doblar el lomo ni hacer grandes sacrificios para conseguir ver hecho realidad un sueño o una aspiración de prestigio mas allá de la satisfacción del deber cumplido.
Y aunque, evidentemente, ahora un chaval matriculado en una escuela taurina sabe torear y domina la técnica y cualquiera que se vista de luces posee oficio y recursos de sobra para salir con bien del duelo con un toro, no hay que olvidar que siempre hay un margen para lo impredecible y lo inesperado. Y si ser torero -no hablo ya de alcanzar la consideración de figura- me parece algo fuera del alcance del común de los mortales, comprobar cómo esquivan la guadaña que la parca monta en los pitones, es un milagro y de los que conllevan canonización. Como el que tras una voltereta, y no digamos una cornada, vuelvan a la cara del morlaco. Incomprensible a los ojos del no creyente o de quien no sienta esa pulsión.





