La fiesta nacional

El 15 de agosto, fecha en la que los católicos celebran la Asunción de la Virgen María, fiesta en toda España y buena parte del mundo occidental, es también, junto al 8 de septiembre, uno de los días marcados en rojo y con mayúsculas en el mundo de los toros.

 

 

 


Paco Delgado

 

 

En plenas vacaciones, cuando medio país celebra sus fiestas patronales y el otro medio disfruta de sus días de asueto, el toreo vive su mayor apogeo y ajetreo. Se celebran las ferias de San Sebastián, Gijón, Dax, Bayona, Beziers, Málaga, Guijuelo, Vitigudino, Iniesta, Alfaro, Roa de Duero, Burgo de Osma, Calatayud, Cebreros, Cenicientos, Blanca, Herrera del Duque, Piedralavés, Coruche… finalizan las de Pontevedra y Huesca y arrancan las de Bilbao, Almería, Cella, Sanlúcar y un largo etcétera. Además, Las Ventas acoge una de las corridas tradicionales del calendario madrileño, la del día de La Paloma. Hay que lamentar que se haya pospuesto la que siempre en Sevilla se había dado con este motivo y que, una de las ferias clave y más significativas en la Comunidad Valenciana, la de Játiva, haga años que duerme el sueño de los justos por una arbitrariedad municipal que, por la vía del ordeno y mando, dejó sin toros a una de las ciudades más taurinas de España.

Antes se decía que quien no toreaba en este día es que estaba retirado, tal era la profusión de festejos anunciados, ya que además de esas ferias reseñadas había toros en prácticamente toda España, la Francia taurina, en buena parte de Portugal y en muchas plazas americanas.

Como todo en la vida, algo ha cambiado y, siendo abundante la oferta, ha bajado el número de funciones que se dan con este motivo. Algo en lo que también influye el hecho de que no sean pocos los Ayuntamientos que hace años invertían buena parte de su presupuesto para fiestas y disfrute popular en montar, o ayudar en su montaje, festejos taurinos de mayor o menor enjundia y ahora son muchos los que huyen como del demonio de esta opción en aras de una modernidad mal entendida y peor llevada a la práctica. Pero es lo que tenemos.

Algo ha cambiado, desde luego, o mucho, en los entrebastidores de la fiesta -hoy de nuevo considerada con toda razón como nacional, a pesar de que el origen de este significado aparezca a mitad del siglo XIX, cuando el entonces alcalde de Valencia, el Marqués de Campo, se dirigió a la reina Isabel indicándole que la de los toros no era actividad exclusiva y reservada a la nobleza y aristocracia, sino que era del pueblo y tenía consideración nacional, englobando en esta palabra la acepción de todos los españoles; algo que no explican quienes denostan este término, nacional, alegando, ojo, exclusividad y separatismo estatal, que ya hay que hilar fino y tener mala idea-, y si hace unos años, no tantos si nos ponemos a contar y tiramos de hemeroteca, las ferias que se organizaban alrededor de esta festividad tenían más extensión y un mucho mayor calado y tirón popular. En parte porque el principal reclamo festivo eran las corridas de toros y en parte porque en los carteles había indudable interés. Las figuras se anunciaban, dos, o tres tardes, en los abonos más encopetados y en las plazas de menor relieve no se hacía ascos a los diestros del segundo escalón que buscaban un ascenso.

Eran estos días jornadas extenuantes para la torería, de largos y continuos desplazamientos, de Málaga a San Sebastián, de Bilbao a Almería, de Beziers a Gijón… -una figura, decía Ordóñez, para serlo no basta con que demuestre su arte y dominio sobre el toro, sino que tiene que saber dormir en el coche- y luego, cada tarde, ante el toro y una plaza llena que exigía y tenía más conocimientos taurinos que ahora.

Hoy los nombres principales se dejan anunciar un día y gracias -también se nota como ha disminuido el número de actuaciones de un tiempo a esta parte- y, por mor de la dejadez de unos y otros, fuera de esa primera línea son pocos los nombres que dicen algo al público en general, que, no se olvide, es quien llena las plazas y a quien hay que conseguir atraer e interesar.

Pero estamos de fiesta, hay toros y hay que procurar disfrutar de este apasionante espectáculo al que tanto hay que agradecer.

Aunque nacido en Madrid y criado en Albacete, ha pasado ya más de media vida en Valencia, donde está afincado desde 1977.

Socio fundador, en 1988, de la agencia de publicidad Avance D.P.S.L., sigue ejerciendo en ella como director de publicaciones y llevando el tema taurino en la misma.

Es autor de alrededor de setenta libros de temática taurina, entre ellos los resúmenes de las temporadas en la Comunidad Valenciana, desde 1994 hasta la actualidad; además ha escrito Historia de la tauromaquia en la Comunidad Valenciana, Una década en el ruedo, Tal día como hoy, El color en el toreo, De seda y oro, Historias de San Isidro, Historia de la plaza de toros de Alicante, Con la pata p’alante, Historia de la feria de fallas, Los toros son cultura ¡Claro que sí!, Caricatoros, Los toros en el siglo XXI, Camiserito… y las biografías de Vicente Barrera Cambra, Maribel Atiénzar, Ivarito, Enrique Ponce o el toro Ratón…