Hace apenas horas que ha comenzado un nuevo año. Atrás quedan 365 días en los que hubo de todo. Cosas extraordinarias, buenas, malas y horribles, quedando en este apartado especialmente señaladas las muertes de tres toreros por percances sufridos en el ruedo, El Pana, Renato Motta y nuestro Víctor Barrio.
Es momento ahora de proyectos y listas de propósitos de cara al ejercicio que comienza. Pero es también ahora cuando hay que recordar que sólo triunfa en la lucha aquél que tiene paciencia en sus buenas intenciones, como reza un conocido proverbio árabe, no en vano dicen que fue el propio Mahoma quien acuñó que ciertamente las buenas obras dependen de las intenciones, y cada hombre las tendrá según su intención.
El propósito de la vida no es lo que queremos, sino lo que hay que hacer. Eso es lo que el destino nos exige. Y en lo que al mundo de los toros toca, al margen de las aspiraciones y metas que cada cuál se haya trazado, en general, habría que tratar de luchar por dos objetivos: afianzar el espectáculo taurino como elemento consustancial a nuestra cultura y tradición y tratar de abstraerse a la provocación anti y abolicionista, que, en definitiva, sólo busca – al margen de los beneficios económicos: tanto de los que en la sombra los organizan como de los cuatro gatos que dan la tabarra a las puertas de las plazas- crear confusión y satisfacer una especie de revanchismo ignorante y rústico y que poco a poco, como ha surgido, irá desapareciendo conforme se esfumen sus fuentes de alimentación: industriales y conseguidores con pocos escrúpulos y políticos radicales y con menos escrúpulos todavía.
Y para afianzar la cosa taurina -tras una yo diría que muy buena temporada de 2016, con gente en las plazas, un puñado de figuras que han demostrado que lo son; otro de aspirantes que asímismo han dejado claro que pueden; ganaderías muy en forma, etcétera- se hace, una vez más, indispensable la unión y el tratar de ir todos en la misma dirección. Y si parece claro que es imposible la articulación del sector -los egos, intereses y desintereses de unos y otros…- sí que habría que procurar el conseguir algo que debe ser esencial en estos tiempos que no corren sino vuelan: que se sepa que hay toros, que la gente hable de toros, que se vea que la gente se interesa por los toros. Pero es que algo tan evidente no siempre sucede y el secretismo y oscurantismo preside no pocas veces la vida del taurino, tomado como tal quien maneja el negocio. La publicidad es vital, pero saliendo del propio entorno y abriéndose a otros espectros y segmentos de población. Debiendo, además, conseguir que los patrocinios, como sucede en el teatro, cine o deporte, por ejemplo, sean cada vez más frecuentes y no motivo de escándalo o vituperio.
Es fundamental que los toros tengan presencia en los medios de comunicación, pero no de manera esporádica -la prensa generalista sólo se acuerda de la fiesta con ocasión de las tragedias o las grandes ferias- y aislada. Hay que tratar de que la televisión se haga eco de lo que sucede en las plazas, no en vano es el segundo espectáculo en número de espectadores y, en consecuencia, se supone que posee un interés para la gente. Y que en la radio no haya solo dos programas a nivel nacional. Es aquí donde la Fundación debería, pienso, tomar cartas en el asunto y exponer en cada caso la necesidad y beneficio -para todos- de la información taurina.
Al margen, claro, de que se sigan haciendo las cosas con seriedad y buen juicio y no se eche a la gente de los tendidos, trabajando con firmeza y honestidad.
Todo ello requiere, naturalmente, decisión y voluntad de hacerlo. No basta con apuntarlo en el cuaderno de intenciones y olvidarse al ratito. Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo y ahí es donde hay que perseverar. Hagamos caso al gran Aristóteles, hombre.









