No hay nada mejor que un paseo matinal, muy matinal, cuando los rayos del sol empiezan a desperezarse, por la playa. La playa de Valencia. Oiga, que Valencia tiene playa!!! Una playa extensa, de arena fina, en paralelo a un Paseo Marítimo que, en su momento, también creó polémica.
Todo lo que se hace en esta ciudad crea polémica. Siempre hay indios y vaqueros, buenos y malos; moros y cristianos; sapos y xotos… Los hubo que se pusieron en contra de la creación de ese Paseo Marítimo y cuando se inauguró, iban ellos mismos marcando el paso a los sones de España Cañí. La playa…de Valencia. Pero pónganle apellidos: la de Las Arenas -en el Canyamelar- la del Cabanyal y la de la Malvarrosa. Un tres en uno. Pero no confundan y le pongan un uno al tres…
Esa playa, la de Las Arenas y la del Cabanyal, tanto monta, fue en sus tiempos una gran cancha de fútbol. A cincuenta metros de la orilla, claro. Los partidos de fútbol se desencadenaban sin solución de continuidad. Y los que por entonces éramos jóvenes, que por las tardes bailábamos a los sones de Brincos, Bravos, Mustang, Jones, Pop Tops, o que a “poqueta nit” se nos llevaba el demonio en aquellas “noches de blanco satén”. Las Arenas…aquel balneario por donde nos colábamos a su piscina con tretas que podía firmar el mismísimo Lazarillo -el de Tormes, allá en la Salamanca castellana-. O que, bajo la calentura de nuestra adolescencia, mirábamos de reojo al solarium femenino…por si acaso se nos ponía a la vista algún paisaje prohibido.
Eran tiempos de la Feria de Julio. Cuando el Paseo de la Alameda vivía su esplendor, con sus pabellones musicales, el gran pabellon del Ayuntamiento, majestuoso. No importaba el calor -la caloreta-, eran las cinco de la tarde, las cinco en punto de la tarde, y ya estábamos dentro de alguno de aquellos recintos musicales dispuestos a triunfar. Ya digo, a los sones de Brincos, Bravos, Canarios…y sonaba Procol Harum y nos volvíamos locos en busca y captura de alguna “pieza” deseada. La Feria de Julio, aquella que dividía los días en dos, o en tres: playa por la mañana, baile en los pabellones por la tarde y, si había suerte y permiso, nueva visita nocturna a la Feria. Claro, que para algunas tardes de esas de Feria había quien prefería tener una tarde de toros. Cuando las corridas comenzaban a las seis en punto de la tarde…y había tiempo aún de dar una vuelta por la Feria. Por si acaso…
Esta Feria de Julio murió para el gran público valenciano el día que el Paseo de la Alameda dejó de ser el “paseo de la Feria de Julio”. Cuando los pabellones cerraron y se marcharon a ninguna parte. Hay un antes y un después de todo aquello. Claro, que siempre hay un antes y un después de algo. Cuando San Jaume era fiesta…cuando la huerta se venía en pleno a la capital…cuando los melones sabían a melón y las sandías…también eran sandías para la Feria de Julio. ¿Nostalgia?…no, hombre, no… Simplemente…”que fa cuaranta anys que tenía vint anys”.








