Ciudad de Méjico, 5 de febrero.
Plaza Monumental.
Corrida del 79 aniversario.
Poco más de dos tercios de entrada.
Toros de Los Encinos, el séptimo como sobrero de regalo, bien presentados en general, aunque el de regalo fue protestado por su escaso trapío. Deslucidos y sin fuerza.
Enrique Ponce, silencio, ovación y dos orejas en el de regalo.
Diego Silveti, dos orejas y silencio.
Alejandro Adame, que confirmó la alternativa, oreja y silencio.
Hubo que esperar a que, como en su despedida en Valencia de los ruedos españoles, la gracia de un sobrero permitiese que el adiós de Ponce fue triunfal. Su lote, sin fuerza ni movilidad ni empuje, había provocado que la desilusión se adueñase de la Monumental. Pero el sobrero, protestado por su pobre presencia, permitió ver al Ponce de siempre, poderoso, exultante y magnífico, firmando una faena de temple y estética, y no poca voluntad por lograr un último éxito en una plaza que tanto ha significado para él y poner un broche de oro a una trayectoria inigualable. Se tiró a matar a ley y las dos orejas que a sus manos fueron fueron digno colofón a su carrera.










