De forma espontánea, pura y sincera, los espectadores que el sábado pasado colmaban la plaza de toros de Arles se pusieron a cantar al unísono La Marsellesa, el himno de Francia, después de que un cretino antitaurino se tirase al ruedo para intentar agredir a El Juli. Fue el mejor ejemplo de unión y de apoyo al respeto y a las libertades que se pueda imaginar. Fue el mejor ejemplo de que la tauromaquia no tiene tintes políticos y que pertenece al pueblo.
A riesgo de parecer un francófilo empedernido, no me resisto a cantar de nuevo ciertas virtudes de la afición francesa, máxime cuando atañen a un suceso tan espontáneo como ejemplar. Que en Francia las contrataciones de toros y toreros suelen tener un grado de justicia superior al de España es de conocimiento general. El mercado galo es codiciado por los matadores de todo el escalafón, especialmente por los que no ocupan los primeros puestos porque saben que un triunfo en territorio franco suele significar la repetición, un nuevo contrato en el mismo coso o incluso abrir las posibilidades en otros vecinos.
Con los ganaderos sucede lo mismo, eso sí, siempre y cuando no se pegue un petardo o se intente engañar al respetable, que en eso los franceses lo tienen muy claro: castigo para el defraudador, sanción para quien manipule las astas o lidie un encierro impresentable o manso, que no volverá a anunciarse en su suelo durante unas temporadas. Premio para los buenos, condena para los malos. Parece lo lógico. Es lo lógico.
Su modelo de gestión suele contar sin complejos con los aficionados, hasta el punto de incluirlos en las Comisiones Taurinas y organismos municipales donde tienen voz y voto para expresar sus preferencias y hasta en la confección de los carteles. Claro, la clientela demanda lo que realmente le emociona y atrae, no solamente lo que le interesa al empresario. Es cierto que se trata de una afición un tanto más fría y menos espontánea que la española. En cambio es más instruida, observadora, culta y exigente; siempre hablando en líneas generales.
Francia también es ejemplo de protección institucional de la tauromaquia. Sus leyes la amparan, la defienden y la promueven sin tapujos. Para evitar posibles altercados alejan las manifestaciones provocadoras a más de 500 metros de donde se celebran los festejos, y procuran libertad y respeto a los aficionados. Su Gobierno declaró la tauromaquia Patrimonio Cultural Inmaterial en 2011 cumpliendo de forma metódica los dictámenes y requisitos que demanda la Unesco, y así lo tienen aceptado la mayor parte de sus políticos con independencia de sus tendencias.
Pues bien, además de todo lo relatado y que tan modélico resulta, la afición francesa ha vuelto a demostrar que son una piña, una amalgama de espectadores desacomplejados, un público heterogéneo en el que se mezclan distintas generaciones y colores políticos pero unidos por una implicación total con los toros. El pasado sábado un energúmeno se lanzó al ruedo de Arles con la intención de agredir a El Juli sólo porque a él no le gustaba el toreo. La reacción de los tendidos fue sorprendente, estremecedora. No hubo gritos ni insultos. Nadie lanzó ningún objeto contra el necio. Alguien comenzó a cantar La Marsellesa, el himno nacional, y de pronto todo el mundo se adhirió. Fue una acción libre, voluntaria, pura, mecánica, sincera. Con ello mostraban al mundo que Francia está al lado de la libertad y el respeto, que los toros no son de derechas ni de izquierdas, sólo del pueblo. Nuestros vecinos nos han vuelto a dar una lección de unidad y de convencimiento. ¿Se imaginan una situación similar en España? Lamentablemente yo no.









