Ser matador es muy difícil y ser rejoneador posiblemente sea más complicado aún. Detrás de cada torero a caballo hay largas horas, días inagotables, años enteros de dedicación infinita; una eternidad. Y un saco sin fondo en el que cabe todo el dinero que se quiera invertir. Andy Cartagena cumple esta temporada veinte años de alternativa y sigue preparando caballos con la misma ilusión del primer día.
Fue verla y sentir el flechazo. Todo en ella llamaba la atención. Su porte, su chulería, su descaro al caminar, cómo se movía, con qué seguridad, qué expresión. Sin duda tenía magnetismo y nada conseguía apartar mi mirada de ella. Menuda jaca. Sí, se trata de una cabalgadura, un caballo lusitano de cuatro años que se llama Apolo y lleva el hierro de Andy Cartagena. Es tordo vinoso y comparte caballerizas con las estrellas de la cuadra del rejoneador de Benidorm a pesar de que todavía no ha debutado. Es muy probable que lo haga en apenas unos días, y si se comporta en la plaza, ante el público y el toro, tal cual lo hizo entrenando en el picadero el día que le eché la vista, Andy tiene un diamante entre riendas.
Pero nada hay seguro en el toreo, y quizá menos en el rejoneo donde, además de la suerte y de las voluntades de toro y torero, interviene un cuarto precepto, el comportamiento del corcel. No hay certificado de éxito a pesar de que los rejoneadores monten de sol a sol para poner a punto a todos y cada uno de sus rocines. Y lo hacen. Suben a un jaco tras otro, de lunes a domingo. Perfeccionan a los consagrados, enseñan a las promesas, prueban nuevos potros, y no se cansan de viajar buscando una nueva estrella. Es lo que el ojo no ve del día a día de los toreros a caballo. Trabajo, mucho trabajo.
No hay suficientes horas al día ni bastante dinero para emplear en nuevas adquisiciones, en infraestructuras y en personal. Fincas, caballerizas, picaderos, plazas de tientas, duchas especiales, lámparas de infrarrojos para secar a los jamelgos, alimentación exclusiva, almacenes para paja y pienso, sillas, riendas, mozos de cuadras, veterinarios, vehículos exclusivos… un mundo, una inversión infinita.
Y aparte del toreo de salón están las pruebas frente a los astados. Mientras un torero echa un capote y una muleta en su coche y acude hasta la ganadería donde se celebre un tentadero, el rejoneador tiene que cargar a su cuadra en el camión. Más gasto de personal y de carburante. Eso o comprar ganado bravo y llevarlo a su finca. Lo dicho, una ruina.
Nadie ha dicho que ser torero sea fácil. Y nadie explica que ser rejoneador parece todavía más complicado. Por eso iré el próximo sábado a Benidorm a ver el debut de Apolo con la esperanza de que la intensa dedicación que lleva detrás no haya sido en vano. Andy, que cumple veinte años de alternativa, sigue trabajado duro para que todo salga bien y merece que la buena suerte le acompañe.









