A los ojos de los toreros la vida es un ruedo y sus precipitaciones son lances, pases o estocadas.
El toreo lo es todo, mucho más que una profesión. Es una especie de religión que adopta el torero, todos sus conocimientos los vuelca cuando se enfunda el traje, esa segunda piel que le convierte en héroe.
Las raíces del toreo son tan profundas, como las del olivo, y su savia es sangre milenaria que el torero lleva en la masa de sus venas. El toreo es como la expresión de la vida.
No es extraño, por tanto que para el torero la existencia pierda sentido cuando no tiene opción a jugarse la vida en ese tapete dorado que es el albero. El torero siente que su obra es la de un artista y que su técnica tiene que ver hasta como la de un proceso científico.
Todo tiene un solo fin, solamente el toreo.







